30 de junio de 1598. Felipe II abandona por última vez el Real Alcázar de Madrid. Apenas puede moverse. La gota, la artrosis, la hidropesía y unas dolorosas úlceras han convertido cualquier gesto en un suplicio. Sentado en una silla de manos especialmente adaptada por su ayuda de cámara, inicia un viaje de apenas cincuenta kilómetros hasta el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. En otras circunstancias habría bastado una jornada para recorrer la distancia, pero el estado del rey obliga a detener continuamente la comitiva. Tardará seis días en llegar.

No era un simple traslado. Felipe II sabía que abandonaba Madrid para no regresar jamás. Quería morir en el monasterio que había mandado construir y que consideraba la culminación de su reinado, un lugar concebido como palacio, monasterio, panteón dinástico y símbolo del poder de la Monarquía Hispánica.
El 6 de julio alcanzó finalmente El Escorial y fue instalado en sus austeros aposentos privados. Desde una pequeña ventana podía contemplar directamente el altar mayor de la basílica y seguir la celebración de la misa sin abandonar la habitación. A partir de ese momento comenzó una agonía que se prolongaría durante cincuenta y tres días.
El 22 de julio se acostó en una sencilla cama de campaña para no volver a levantarse. El dolor era permanente. Las crisis de gota hacían insoportable el menor movimiento y los médicos prohibieron incluso cambiarlo de postura o asearlo porque cualquier roce aumentaba su sufrimiento. Las llagas comenzaron a multiplicarse y, con el paso de las semanas, su cuerpo quedó cubierto de tumores y úlceras que supuraban continuamente. Resultaba una prueba especialmente cruel para un hombre obsesionado con el orden y la limpieza. La situación llegó a ser tan extrema que hubo que perforar el colchón para facilitar sus necesidades sin moverlo.
Uno de los testimonios más impresionantes de aquellos días lo dejó el gentilhombre flamenco Jehan Lhermite, que acompañó al monarca en sus últimas semanas de vida:
«Sufría de incontinencia, lo cual constituía para él uno de los peores tormentos imaginables, teniendo en cuenta que era uno de los hombres más limpios, más ordenados y más pulcros que vio jamás el mundo… El mal olor que emanaba de estas llagas era otra fuente de tormento.»
A pesar del sufrimiento, Felipe II conservó la lucidez hasta casi el final. El 1 de septiembre recibió la extremaunción y pidió que llevaran a su habitación la colección de reliquias del monasterio y el sencillo ataúd de madera en el que sería enterrado. Tres días después hizo llamar a sus hijos, el futuro Felipe III e Isabel Clara Eugenia. Quiso que contemplaran el estado en que había quedado su cuerpo para recordarles la fragilidad del poder y de la condición humana. La tradición atribuye a ese momento una frase que ha pasado a la historia: «He querido que veas en qué acaba la gloria de este mundo.»
El 8 de septiembre comulgó por última vez. Los médicos le prohibieron volver a hacerlo por temor a que muriera asfixiado al intentar tragar la hostia. Durante los días siguientes permaneció casi siempre entre el sueño y la vigilia, mientras escuchaba la lectura de la Pasión según San Juan sosteniendo entre sus manos la cruz y los cirios que habían acompañado en la muerte a su padre, el emperador Carlos V, y a su madre, Isabel de Portugal.
Al amanecer del 13 de septiembre de 1598, coincidiendo con el comienzo de la primera misa del día en la basílica, Felipe II fallecía a los setenta y un años de edad. Había gobernado durante más de cuatro décadas el mayor imperio de su tiempo, un territorio sobre el que se decía que nunca se ponía el sol.

El cronista Sepúlveda contó que el propio monarca dejó dispuesto hasta el menor detalle de su entierro. Quiso descansar en un ataúd construido con la madera de la quilla de un barco desguazado y ordenó que se introdujera dentro de una caja de cinc perfectamente sellada para evitar cualquier olor durante el sepelio.

Pero para comprender la dimensión de aquel último viaje conviene recordar cómo era el lugar que Felipe II acababa de abandonar para siempre.
El Real Alcázar de Madrid, levantado sobre la antigua fortaleza islámica, era mucho más que la residencia del rey. Desde que Felipe II estableció la capital en Madrid en 1561, el edificio se convirtió en el auténtico corazón político del Imperio español. Allí se tomaban las decisiones que afectaban a territorios repartidos por Europa, América, Asia y África. En sus dependencias trabajaban secretarios, consejeros, escribanos y funcionarios que mantenían en funcionamiento una maquinaria administrativa gigantesca.

La vida cotidiana estaba regida por la estricta etiqueta borgoñona, adoptada por la monarquía española en 1548. Cada gesto del soberano —levantarse, vestirse, comer o asistir a misa— seguía un protocolo minucioso que reforzaba la distancia entre el rey y sus súbditos. Servirle un vaso de agua o acompañarlo durante una comida constituía un privilegio reservado a unos pocos nobles.
Mientras los visitantes recorrían las salas oficiales adornadas con tapices y obras de arte, Felipe II pasaba largas horas recluido en la Torre Dorada revisando personalmente informes llegados de Flandes, Italia, América o Filipinas. Leía, corregía y anotaba documentos con una disciplina casi obsesiva, convencido de que ningún asunto era demasiado pequeño para escapar a su atención.
A pesar de su aspecto severo, el Alcázar albergaba una de las colecciones artísticas más extraordinarias de Europa. En sus galerías colgaban obras de Tiziano, El Bosco, Rubens y, años más tarde, Velázquez, que incluso instaló allí su taller. A ellas se sumaban porcelanas orientales, armaduras, mapas, sedas, lacas japonesas y objetos procedentes de los territorios de ultramar, reflejo de la inmensa diversidad del Imperio.

Sin embargo, todo aquel universo desaparecería más de un siglo después. En la Nochebuena de 1734 un devastador incendio redujo el Real Alcázar prácticamente a cenizas. Sobre sus ruinas se levantaría el actual Palacio Real de Madrid, mientras el viejo palacio de los Austrias quedaba para siempre en la memoria de la ciudad y de la historia de España.
