«A veces la historia de dos países puede cambiar gracias a un humilde burro.»
CallejeArteMadrid te propone descubrir una de esas historias sorprendentes que parecen inventadas, pero que sucedieron de verdad. Un relato que conecta la España de Carlos III con los orígenes de los Estados Unidos a través de un protagonista inesperado: un burro zamorano que cruzó el Atlántico para convertirse en una pequeña leyenda americana.
Cuando terminó la Guerra de Independencia de las Trece Colonias, George Washington tenía más de cincuenta años y no imaginaba todavía que acabaría siendo el primer presidente de los Estados Unidos. La nueva nación ni siquiera existía formalmente como tal. En aquel momento era una confederación de estados independientes que trataban de construir su futuro.

Washington era, ante todo, un apasionado de la agricultura y la ganadería. Tras la muerte de su hermano Lawrence había heredado la hacienda de Mount Vernon, en Virginia, una extensa propiedad en la que dedicó gran parte de su vida a experimentar con nuevas técnicas agrícolas. Sustituyó el cultivo intensivo del tabaco por cereales, impulsó la rotación de cultivos para evitar el agotamiento de la tierra y buscó constantemente fórmulas para mejorar la productividad de sus explotaciones.

Sin embargo, tenía una obsesión particular: sustituir los caballos de trabajo por mulas.
Las mulas eran más resistentes, requerían menos cuidados, soportaban mejor las largas jornadas y vivían más tiempo. El problema era que para obtener buenas mulas se necesitaban excelentes burros sementales, y los mejores del mundo estaban en España.

Los garañones españoles eran tan valiosos que su exportación estaba prácticamente prohibida. Solo podían criarse bajo autorización real y la Corona protegía celosamente unas líneas genéticas consideradas estratégicas. El precio de un ejemplar podía resultar desorbitado y sacar uno del país era una tarea casi imposible.
Washington llevaba años intentando conseguir uno. Lo intentó a través de Juan Miralles, agente español en La Habana y colaborador durante la guerra. Después recurrió a Francisco Rendón, secretario de Miralles. Más tarde probó suerte mediante comerciantes americanos que operaban con España y finalmente pidió ayuda a Bernardo de Gálvez, héroe español de la independencia estadounidense y gobernador de Luisiana. Todos los intentos fracasaron.

La insistencia del militar americano llegó finalmente a oídos de William Carmichael, representante de la Confederación de Estados Americanos en Madrid. Este trasladó la petición al conde de Floridablanca, secretario de Estado de Carlos III.

La respuesta del rey fue inesperada. En lugar de vender los animales, decidió regalarlos.
Carlos III ordenó adquirir los mejores ejemplares posibles en la provincia de Zamora. Los elegidos procedían de Morales del Vino y Roelos de Sayago, dos localidades con gran tradición ganadera. Se pagaron 1.800 reales de vellón por ambos animales y se organizaron todos los preparativos para enviarlos al otro lado del océano. El traslado fue una auténtica aventura.

Los burros recorrieron cientos de kilómetros hasta Bilbao acompañados por sus respectivos arrieros. Se decidió que viajaran por rutas distintas para minimizar riesgos. Desde allí embarcaron rumbo a América en 1785. Solo uno consiguió completar la travesía. El segundo desapareció durante el viaje, probablemente víctima de una tormenta o un huracán.

El superviviente desembarcó en Gloucester, Massachusetts, el 26 de octubre de 1785. Desde allí continuó por tierra hasta Virginia en un recorrido de más de 800 kilómetros atravesando caminos difíciles, frío, nieve y condiciones extremas. Finalmente llegó a Mount Vernon el 5 de diciembre.
Washington quedó encantado con el regalo real y decidió bautizarlo con un nombre muy especial: Royal Gift, es decir, «Regalo Real». El zamorano no tardó en ponerse a trabajar. En la finca le esperaban quince de las mejores yeguas de Washington y varias mulas maltesas que le había regalado su amigo el marqués de Lafayette. Los resultados fueron extraordinarios. Royal Gift demostró unas cualidades excepcionales como semental y pronto comenzó a atraer a propietarios de toda la región interesados en mejorar sus propios animales.
Cuando Washington se convirtió en presidente de los Estados Unidos en 1789, la fama del burro ya se había extendido por buena parte del país. En 1791 incluso realizó una gira por Carolina del Sur, recorriendo más de quinientas millas y convirtiéndose en una auténtica celebridad seguida por la prensa de la época. Los números hablan por sí solos.
En 1785, los registros de Mount Vernon contabilizaban 130 caballos y ninguna mula. Cuando Washington murió en 1799, la situación había cambiado radicalmente: la finca contaba con 58 mulas y apenas 25 caballos de trabajo. La revolución agrícola que había imaginado comenzaba a hacerse realidad.
Royal Gift murió en Carolina del Sur en 1796, después de dejar una descendencia de veinte burros y burras y sesenta y tres mulas. Su legado genético fue fundamental para la expansión del uso de la mula en Estados Unidos, un animal que desempeñaría un papel decisivo en la agricultura, el transporte y la conquista del Oeste.
Hoy pocos recuerdan que parte de aquella historia comenzó en los campos de Zamora.

Sin embargo, cada 26 de octubre se celebra en Estados Unidos el Día Nacional de la Mula, precisamente para conmemorar la llegada de aquel singular viajero español que cruzó el Atlántico como regalo de Carlos III para George Washington.
Una de esas historias fascinantes que demuestran que, en ocasiones, un humilde burro puede dejar una huella más profunda en la historia de lo que jamás imaginaron reyes, presidentes o generales.