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UN VIAJE EN EL TIEMPO. LA COLONIA DE CASAS DE LOS FERROVIARIOS

Desde finales del siglo XIX comenzaron a construirse en Madrid colonias de viviendas que pretendían alejarse de la construcción vertical y del hacinamiento de las viviendas populares, como las corralas, donde en ocasiones un único aseo podía ser compartido por decenas de personas.

Se buscaba un nuevo modelo de ciudad: más higiénico, saludable y amable con sus habitantes, con viviendas que incorporasen luz, ventilación, pequeños jardines y una mayor conexión con la naturaleza.

Uno de los ejemplos más conocidos de este nuevo urbanismo fue la Ciudad Lineal de Arturo Soria y, algo después, la fascinante colonia Madrid Moderno, con sus pequeños hotelitos de inspiración neomudéjar y modernista.

En 1911 se promulgó la primera Ley de Casas Baratas de España, destinada a favorecer la construcción de viviendas para las clases populares. La idea era crear pequeños barrios donde mejorar las condiciones de vida de sus habitantes.

Sin embargo, la aplicación de estas leyes tuvo también efectos muy distintos de los perseguidos inicialmente. Las facilidades para urbanizar suelo fueron aprovechadas en algunos casos con fines especulativos y algunas colonias terminaron destinadas a sectores con una capacidad económica que las alejaba de su propósito social inicial.

La segunda Ley de Casas Baratas, de 1921, impulsó especialmente la creación de cooperativas para construir viviendas destinadas a determinados colectivos profesionales: militares, funcionarios, ferroviarios, periodistas, carteros… Los diferentes gremios aprovecharon estas posibilidades para crear barrios destinados a sus propios trabajadores.

Madrid llegó a contar con más de medio centenar de colonias, muchas de ellas situadas entonces en las afueras de la ciudad. Pero Madrid no dejó de crecer y acabó absorbiéndolas. Aquellos pequeños barrios, concebidos inicialmente como espacios periféricos y tranquilos, quedaron integrados en el tejido urbano y hoy sobreviven como auténticos oasis de calma entre el bullicio de la capital.

LA COLONIA DE FERROVIARIOS

Entre ellas encontramos la Colonia de Ferroviarios, diseñada por el arquitecto Francisco Alonso Martos y construida entre 1923 y 1926, en el distrito de Arganzuela.

Situada en torno a las actuales calles Alonso Martos y Tomás Bretón, nació para proporcionar viviendas a trabajadores del sector ferroviario y a sus familias, dentro de aquel movimiento cooperativista que pretendía mejorar las condiciones de vida de determinados colectivos profesionales.

Su promotor fue la Cooperativa de Casas Baratas de MZA, Asociación General de Empleados y Obreros de los Ferrocarriles de España. A la cabeza de la colonia se encontraba el hotelito de Tomás Bretón, 44, donde residía Javier García-Conde de Lara, presidente de la Asociación de Ferroviarios y uno de los impulsores del proyecto.

El conjunto estaba formado por 33 viviendas unifamiliares adosadas, de dos plantas y con pequeños jardines privados, concebidas como auténticos hotelitos. Una arquitectura sencilla, funcional y pensada para proporcionar a sus habitantes algo que en la ciudad de entonces no era fácil de encontrar: espacio, luz, aire y un pequeño jardín propio.

El arquitecto Francisco Alonso Martos dejó también otras huellas en Madrid vinculadas al mundo ferroviario. Entre ellas se encuentran el Colegio de Huérfanos Ferroviarios de Madrid, en la Dehesa de la Villa, y el Hogar del Ferroviario, en Moratalaz. También se atribuyen a su trayectoria otros edificios madrileños, como el antiguo cine Salamanca, un interesante ejemplo de arquitectura art déco.

La proximidad de la colonia a la antigua estación de Delicias, hoy Museo del Ferrocarril, no es casual: estamos en un espacio de Madrid estrechamente ligado a la historia del ferrocarril y al crecimiento industrial de la ciudad.

UN PEQUEÑO OASIS QUE SOBREVIVE

Durante décadas, estas colonias estuvieron expuestas a transformaciones, ampliaciones y sustituciones de edificios. La protección municipal de las colonias históricas, desarrollada especialmente desde las últimas décadas del siglo XX, permitió mejorar su conservación y reconocer su valor como parte del patrimonio urbano madrileño.

En la Colonia de Ferroviarios todavía podemos descubrir algunas de sus fachadas originales, con sus característicos arcos de ladrillo sobre las puertas. Otras viviendas, sin embargo, han sufrido modificaciones e incluso sustituciones que han alterado la imagen del conjunto.

Y quizá ahí reside parte de su encanto: caminar hoy por estas calles es hacer un pequeño viaje en el tiempo.

A pocos pasos del tráfico, los edificios y el ritmo acelerado de Madrid, sobreviven estas pequeñas casas que nos recuerdan cómo algunos arquitectos y colectivos imaginaron, hace un siglo, una ciudad más humana, más verde y pensada para vivir.

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