Efemérides

LA NOCHE DE SAN JUAN EN EL MADRID DEL SIGLO XVII

«La noche de San Juan ha sido una de las más alegres y de mayor reunión de gentes que se ha visto en Madrid en muchos años.»

Así describía el periódico El Universal Observador Español las celebraciones de San Juan en 1820. Pero mucho antes de esa fecha, la víspera del 24 de junio ya era una de las noches más esperadas por los madrileños.

Un pregón publicado el 23 de junio de 1642, durante el reinado de Felipe IV, intentó poner freno a los excesos asociados a la fiesta: altercados, robos, peleas e incluso homicidios. Las autoridades estaban preocupadas por el ambiente que cada año se generaba en torno al río Manzanares, donde miles de personas acudían para pasar la noche entre música, vino, bailes y cortejos amorosos.

Para combatir aquellos desórdenes, el Ayuntamiento estableció una multa de 300 ducados, una cantidad desorbitada para la época que podía arruinar a cualquier infractor. La sanción, además, llevaba aparejada una humillación pública, pues solía hacerse efectiva ante todos en la Plaza Mayor.

Sin embargo, como suele ocurrir con las fiestas populares, las prohibiciones apenas lograron contener el entusiasmo de los madrileños.

Una noche de magia, amor y superstición

La Noche de San Juan mezclaba antiguas tradiciones paganas relacionadas con el solsticio de verano, la fertilidad y la renovación con la celebración cristiana de San Juan Bautista. Algunos historiadores incluso señalan posibles influencias de tradiciones árabes que contribuyeron a enriquecer el carácter mágico de la festividad.

Las plazas, las fuentes y especialmente las orillas del Manzanares se convertían en escenarios de rituales destinados a conocer el futuro o atraer la buena suerte.

Uno de los más populares era el de la palangana. A medianoche, las jóvenes solteras observaban el fondo de un barreño lleno de agua iluminado por la luna, convencidas de que aquel espejo improvisado revelaría el rostro de su futuro esposo.

Otra costumbre consistía en arrojar un cubo de agua a la calle desde una ventana. El primer hombre que atravesara el charco, según la creencia popular, tendría el mismo nombre que el futuro marido de quien realizaba el ritual.

No faltaban tampoco supersticiones relacionadas con la fortuna. Algunas jóvenes colocaban tres patatas bajo la cama: una entera, otra medio pelada y una tercera completamente pelada. Al despertar, sacaban una al azar. La patata entera auguraba prosperidad; la pelada, dificultades económicas.

El agua y el fuego

El agua compartía protagonismo con el fuego, los dos grandes símbolos de la noche de San Juan.

Se creía que lavarse la cara al amanecer ayudaba a conservar la belleza, curar enfermedades de la piel y alejar la mala suerte durante todo el año. El agua de esa madrugada poseía, según la tradición, propiedades especiales.

La víspera era también una noche de galanteo. Los jóvenes adornaban con flores, ramas y guirnaldas las puertas y ventanas de las muchachas a las que pretendían. Si la joven aceptaba el cortejo, mantenía los adornos; si no, los retiraba discretamente antes de que amaneciera.

Las familias acomodadas instalaban pequeños altares religiosos en patios y zaguanes, donde músicos y bailarines amenizaban reuniones que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada.

La gran verbena del Manzanares

Miles de madrileños descendían hasta las orillas del río cargados con comida, vino y cestas para pasar la noche al aire libre. Se cantaba, se bailaba y se compartía mesa bajo las estrellas.

Pero el ambiente festivo derivaba con frecuencia en excesos. El alcohol, la oscuridad y las aglomeraciones favorecían las peleas y los incidentes que tanto preocupaban a las autoridades municipales.

Dos pinturas del siglo XVII nos permiten imaginar cómo eran aquellas celebraciones. Una pertenece a la Colección Abelló y la otra, Baños en el Manzanares, en el paraje del Molino Quemado, obra de Félix Castello, se conserva en el Museo de Historia de Madrid.

En ambas aparecen carruajes, bañistas, músicos, vendedores y grupos que comen y celebran junto al río. Algunas personas se bañan vestidas; otras completamente desnudas, sin que ello pareciera causar escándalo.

La escena recuerda por momentos al universo bullicioso y fantástico de El jardín de las delicias de El Bosco.

Aquella animación inspiró incluso unos conocidos versos satíricos de Francisco de Quevedo:

«Manzanares, Manzanares
Arroyo aprendiz de río,
Tú que gozas, tú que ves
En verano y en estío,
Las viejas en cueros muertos,
Las mozas en cueros vivos.»

La San Juan de la Corte

Mientras el pueblo celebraba junto al Manzanares, la corte convertía la festividad en un espectáculo de lujo y propaganda política.

Desde la década de 1630, Felipe IV y el Conde-Duque de Olivares transformaron la Noche de San Juan en una de las grandes citas festivas del recién construido Palacio del Buen Retiro.

En el Estanque Grande se levantaban escenarios flotantes e islas artificiales donde se representaban comedias mitológicas de Lope de Vega y Pedro Calderón de la Barca.

Alrededor de los escenarios navegaban embarcaciones ricamente decoradas ocupadas por nobles, músicos y cortesanos. Fuentes, cascadas y sofisticadas máquinas hidráulicas creaban sorprendentes efectos visuales que maravillaban a los asistentes.

La corte no escatimaba en gastos. Joyas para las damas, sortijas para los caballeros y espectáculos de gran complejidad formaban parte de un despliegue destinado a impresionar a embajadores y visitantes extranjeros.

Las celebraciones continuaban con bailes de máscaras, juegos de cañas y corridas de toros en la Plaza Mayor.

Conviene recordar que el toreo a pie todavía no se había convertido en el espectáculo principal. Eran los caballeros quienes lidiaban desde sus caballos mientras la familia real observaba los festejos desde los balcones de la Casa de la Panadería.

Una fiesta que sobrevivió a los siglos

La Noche de San Juan siempre ha estado vinculada al fuego y al agua, dos elementos purificadores presentes en numerosas culturas desde tiempos remotos.

Hogueras, baños rituales, fuentes, ríos, música y celebraciones populares han acompañado esta festividad durante siglos. Ni las prohibiciones, ni las multas, ni los intentos de control consiguieron acabar con una tradición profundamente arraigada entre los madrileños.

Quizá por eso sigue resultando tan evocadora la descripción publicada en El Universal Observador Español el 25 de junio de 1820:

«Mucha, mucha gente; gran bullicio, pero de hablar, gritar y loquear con juicio; muchas yerbas, muchas ramas, muchas flores, muchas damas, y todo en paz como entre hermanos o gentes de bien.»

Una imagen que nos permite imaginar el viejo Madrid entregado a una de sus fiestas más antiguas, populares y fascinantes.

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