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De París a Madrid: el regreso de Alfonso XII y la última gran entrada real

El 6 de enero de 1875, un joven de apenas diecisiete años, el príncipe Alfonso de Borbón, cruzaba la frontera francesa camino de Madrid. No era un viaje cualquiera: tras siete años de exilio y convulsión política, regresaba para convertirse en Alfonso XII, rey de España, y poner fin a uno de los periodos más inestables de nuestra historia contemporánea.

Desde la Revolución de 1868, conocida como La Gloriosa, España había vivido el destronamiento de Isabel II, un intento de monarquía constitucional con Amadeo de Saboya, la proclamación de la Primera República y una guerra civil abierta: la Tercera Guerra Carlista. El país ansiaba orden y estabilidad.

Ese orden llegó, al menos simbólicamente, el 29 de diciembre de 1874, cuando el general Arsenio Martínez Campos se pronunció en Sagunto a favor del hijo de Isabel II. Con este gesto se restauraba la monarquía borbónica y se cerraba el llamado Sexenio Democrático. Detrás de la operación política se encontraba Antonio Cánovas del Castillo, arquitecto del nuevo sistema.

Un viaje peligroso y vigilado

El viaje de Alfonso XII desde París hasta Madrid estuvo lejos de ser tranquilo. España seguía en guerra y el rey era un objetivo claro. Las partidas carlistas y el incipiente terrorismo anarquista obligaron a organizar un importante dispositivo de seguridad.

A pesar del riesgo, el recorrido se convirtió en un acontecimiento seguido por la prensa internacional. Solo dos corresponsales —de Le Figaro y La Liberté— acompañaron al rey en el tramo Valencia-Madrid, reivindicándose después como los únicos testigos directos de todo el trayecto.

Las crónicas relatan un recibimiento entusiasta en las estaciones castellanas: arcos triunfales, vítores, banderas y celebraciones improvisadas. En Socuéllamos, el marqués de Mudela, destacado industrial vinícola, ofreció vino al séquito real, y en Alcázar de San Juan se organizó una recepción oficial. El mensaje era claro: el rey volvía y el país quería celebrarlo.

Madrid se engalana

El 14 de enero de 1875, Alfonso XII entró finalmente en Madrid, aclamado como rey constitucional. La capital llevaba semanas preparándose para el acontecimiento. Instituciones civiles, militares y la aristocracia madrileña invirtieron grandes sumas en decorar el recorrido del cortejo real.

Madrid recuperaba una tradición que se remontaba a la época de los Austrias: las entradas reales triunfales, auténticos espectáculos urbanos donde la ciudad se transformaba en escenario del poder. Fachadas pintadas, colgaduras, iluminaciones, banderolas, escudos y flores acompañaban el paso del monarca.

Uno de los elementos más llamativos fueron los arcos efímeros, construcciones temporales de madera, cartón y pintura, levantadas expresamente para la ocasión. Junto a la iglesia de las Calatravas, en la confluencia de las calles Alcalá y Los Peligros, se erigió un arco de estilo romano, comparable —según La Ilustración Española y Americana— al arco de Tito. Decorado con flores de lis, trofeos militares y una estatua ecuestre, fue financiado por las señoras de la Asociación para el Socorro de Heridos en el Ejército.

También hubo arquitecturas efímeras en el Paseo de Recoletos y cerca de la Plaza de la Armería. Edificios emblemáticos como el Ministerio de la Gobernación, la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol, la Diputación Provincial o palacios nobiliarios como el del duque de Alba se iluminaron especialmente para celebrar el regreso del rey.

El arco de la victoria de 1876

Un año después, el 20 de marzo de 1876, Madrid volvió a vestirse de gala. La ocasión lo merecía: la victoria definitiva en la Tercera Guerra Carlista. De nuevo, los arcos triunfales fueron protagonistas. En la calle Mayor, en plena transformación urbana tras la demolición de la antigua iglesia de Santa María la Mayor de la Almudena, se levantó un gran arco que además servía para ocultar el solar vacío entre Bailén y Mayor. El rey, al frente de las tropas, recorrió la ciudad entre vítores, balcones engalanados y banderas.

El arco más espectacular fue el instalado por el Ayuntamiento a la altura de la Plaza de la Villa, fotografiado por Jean Laurent, uno de los grandes cronistas visuales del siglo XIX. Decorado con trofeos militares, gallardetes y escudos de España y Madrid, llevaba una inscripción elocuente:
A S. M. el Rey Constitucional don Alfonso XII y al Ejército y Armada, la Villa de Madrid”.
Entre motivos arabescos se leían las virtudes que el régimen quería encarnar: Valor, Prudencia, Justicia, Patriotismo, Fortaleza, Templanza y Heroísmo.

El final de una tradición

La entrada de Alfonso XII en Madrid fue una de las últimas grandes entradas reales celebradas en la capital. Con el avance del siglo, estas ceremonias fastuosas desaparecerían, sustituidas por otros lenguajes políticos y urbanos. Hoy, aquellos arcos efímeros ya no existen, pero sobreviven en grabados, fotografías y crónicas de prensa. Gracias a ellos, podemos comprender cómo Madrid se convirtió, durante unos días, en un gigantesco escenario simbólico donde se escenificó el regreso de la monarquía, el fin de una época de incertidumbre y el inicio de la Restauración.

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