En pleno corazón del actual Barrio de las Letras, en la histórica iglesia de San Sebastián, Gustavo Adolfo Bécquer contrajo matrimonio el 19 de mayo de 1861 con Casta Esteban y Navarro. Él tenía 25 años; ella, apenas 20. El poeta sevillano, destinado a convertirse en una de las grandes figuras del posromanticismo español, sellaba así una unión marcada desde el principio por las contradicciones, las decepciones sentimentales y una vida llena de dificultades económicas y emocionales.
La boda se celebró en uno de los templos más vinculados a la historia cultural de Madrid. La iglesia de San Sebastián, situada junto a la calle Atocha, fue durante siglos lugar de encuentro de escritores, actores, músicos y dramaturgos. En sus archivos parroquiales aparecen nombres tan ilustres como Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Práxedes Mateo Sagasta o el célebre bandolero Luis Candelas. Allí mismo se celebró también el funeral de Lope de Vega en 1635. Desde el siglo XVII, además, el templo alberga la Cofradía de la Virgen de la Novena, protectora tradicional de actores y gentes del teatro.

El edificio, levantado en el siglo XVII y transformado posteriormente en distintas fases, sufrió graves daños durante la Guerra Civil española a causa de los bombardeos sobre Madrid. Aun así, continúa siendo uno de los enclaves más evocadores del viejo Madrid literario.

El matrimonio entre Bécquer y Casta nació, según muchos estudiosos, bajo la sombra de un desengaño amoroso. El poeta acababa de romper su relación con Julia Espín, joven cantante perteneciente a la alta sociedad madrileña y considerada por muchos la gran musa inspiradora de sus Rimas más apasionadas y melancólicas. Julia representaba el ideal romántico e inaccesible que fascinó profundamente al escritor. Casta, por el contrario, pertenecía a un ambiente mucho más sencillo y provinciano.
Hija del médico soriano Francisco Esteban Ayllón, la familia residía en Madrid hacia 1857, en la calle del Baño nº 19, donde el doctor ejercía y comercializaba productos capilares. Fue probablemente en ese entorno donde se conocieron el poeta y la joven soriana. Algunos autores sostienen que también ella había roto previamente un compromiso sentimental, de modo que el enlace pudo surgir entre dos personas emocionalmente heridas.
Sin embargo, el matrimonio nunca alcanzó la felicidad idealizada del romanticismo. La vida cotidiana estaba muy lejos de los sueños poéticos. Mientras Bécquer vivía absorbido por la literatura, el periodismo y las estrecheces económicas, Casta se ocupaba de la crianza de sus hijos y de las dificultades domésticas. Ni siquiera los amigos íntimos del poeta ni su hermano Valeriano parecieron aceptar plenamente a Casta, a quien consideraban poco adecuada para el mundo artístico e intelectual del escritor.
En realidad, aquella visión escondía también los prejuicios de la época. El ideal femenino romántico admiraba a la mujer delicada, culta, refinada y musical, pero despreciaba el peso silencioso de las tareas domésticas y de la maternidad, especialmente cuando recaían sobre mujeres alejadas de los círculos aristocráticos o literarios.

La pareja tuvo tres hijos: Gregorio Gustavo, Jorge y Emilio Eusebio. Pero las tensiones fueron constantes. Durante una estancia en Noviercas, en Soria, Casta se vio envuelta en rumores relacionados con un vecino apodado “El Rubio”, lo que provocó una grave crisis matrimonial. Bécquer abandonó entonces el hogar llevándose consigo a sus dos primeros hijos.

Pese a todo, el destino volvería a unirlos. Tras la muerte de Valeriano Bécquer en 1870, Gustavo Adolfo y Casta retomaron la convivencia pocos meses antes de la muerte del poeta. Enfermo de tuberculosis desde hacía años, Bécquer falleció en Madrid el 22 de diciembre de 1870, con tan solo 34 años. Apenas había conocido el reconocimiento literario en vida.

Paradójicamente, sería tras su muerte cuando su obra alcanzaría la inmortalidad. Sus amigos se encargaron de publicar las Rimas y Leyendas, convirtiéndolo en uno de los autores más influyentes de la literatura española contemporánea.
La vida de Casta tampoco resultó sencilla tras la desaparición de los hermanos Bécquer. Viuda y con hijos a su cargo, sobrevivió gracias a ayudas y pequeños trabajos. Volvió a casarse en 1872 con Manuel Rodríguez, un recaudador de impuestos leonés que moriría asesinado al año siguiente, devolviéndola nuevamente a la precariedad.
En 1884 publicó un libro hoy prácticamente olvidado, Mi primer ensayo, una colección de relatos y artículos costumbristas que la crítica de la época recibió con escaso entusiasmo. Sin embargo, la obra demuestra que Casta poseía sensibilidad literaria propia, más allá de haber sido únicamente “la esposa de Bécquer”.
Murió en Madrid en 1885, con solo 43 años, víctima de una encefalitis. Durante décadas, la historiografía romántica la trató con enorme dureza, culpándola del fracaso sentimental del poeta. Hoy, sin embargo, su figura comienza a revisarse con mayor justicia, entendiendo el peso social, económico y humano que soportó junto a uno de los escritores más frágiles y atormentados del siglo XIX español.