Durante mucho tiempo la infancia no fue un tema central en la educación. Los niños permanecieron en un segundo plano y las primeras reflexiones sobre ellos se centraban en casos especiales, como niños con graves carencias físicas o psíquicas. Tradicionalmente, el cuidado de los niños pequeños recaía en las mujeres, ya que se consideraba que cualidades como la ternura, la sensibilidad y la compasión eran propias de ellas.

En el siglo XIX, con el avance de la industrialización en Europa, surgió la necesidad de formar trabajadores capaces de incorporarse rápidamente al trabajo. Esto impulsó la creación de escuelas populares públicas y privadas. Sin embargo, la atención educativa a los niños más pequeños no se desarrolló con rapidez porque el modelo de familia nuclear hacía que las mujeres permanecieran en el hogar cuidando de los hijos.
A pesar de esto, en países como Francia, Inglaterra y Alemania se extendieron con rapidez los jardines de infancia y las escuelas maternales. En cambio, en España su desarrollo fue más lento. Solo existe la referencia de un Real Decreto de 1876 relacionado con el estudio de las ideas de Friedrich Fröebel, considerado el fundador de la educación infantil.
Fröebel (1782-1852), nacido en la región alemana de Turingia, trabajó inicialmente con Johann Heinrich Pestalozzi y creó los Kindergarten o “jardines de infancia”. Una de sus obras más importantes es Los cantos de la madre. Sus ideas defendían que los niños aprenden mejor mediante la actividad, el juego y la experiencia, lo que lo convierte en un precursor de la escuela activa.

Los jardines de infancia estaban dirigidos a niños entre 2 y 7 años y se caracterizaban por ofrecer un ambiente de libertad y alegría, donde los niños podían:
- jugar
- construir
- cantar
- cultivar plantas
- desarrollar sus sentidos y capacidades físicas
Todo esto con el objetivo de favorecer el desarrollo del pensamiento.

En España, un momento importante ocurrió el 31 de marzo de 1876, cuando se impulsó la creación de una cátedra de escuela de párvulos basada en el método de Fröebel en la Escuela Normal Central de Maestros y Maestras de Madrid, regulada posteriormente por una Real Orden de 1 de septiembre de 1876. Este sistema educativo daba gran importancia al juego y a la manipulación de materiales como base del desarrollo cognitivo, creativo y personal del niño.
Uno de los principales difusores de estas ideas en España fue Pedro de Alcántara García (1842-1906), quien publicó manuales teórico-prácticos sobre la educación de párvulos y defendió la profesionalización de los maestros de educación infantil. Su objetivo era que estas escuelas dejaran de ser simples guarderías y se convirtieran en espacios de educación activa y lúdica.

Para Fröebel, la educación debía comenzar desde la infancia, y el juego era el medio fundamental para que el niño se introdujera en la cultura, la sociedad y la creatividad. La educación infantil debía desarrollarse en un ambiente de amor y libertad, donde el maestro actuara como guía y acompañante, respetando el ritmo de desarrollo de cada niño.
En definitiva, los jardines de infancia se concibieron como espacios que unían escuela y familia, promoviendo una educación integral basada en el equilibrio entre juego, trabajo, disciplina y libertad.
El legado pedagógico de Froebel influyó en modelos educativos como en los de María Montessori y el método Waldorf, este último creado por Rudolf Steiner
