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EL DESAPARECIDO FRONTON RECOLETOS

A principios del siglo XX, el furor que hoy despierta el fútbol lo provocaba la pelota vasca. Su popularidad llegó a ser tal que Madrid contó con más de treinta frontones, cuyos nombres evocaban su origen vasco: Euskal Jai, Beti Jai, Jai Alai… y el Recoletos. Los partidos despertaban una enorme expectación. Los periódicos, y no solo los deportivos, dedicaban páginas enteras a comentar los encuentros y anticipar los enfrentamientos más esperados, como sucede hoy con los grandes acontecimientos futbolísticos.

Aquellos recintos eran mucho más que espacios deportivos. Algunos contaban con cafés en su interior y también acogían otras competiciones, como combates de boxeo y de lucha libre o catch, muy populares en aquella época.

De todos aquellos frontones, el Beti Jai es el que ha logrado sobrevivir y ser recuperado, gracias a la intervención municipal, como parte del patrimonio histórico y arquitectónico de Madrid. Otros desaparecieron para siempre, entre ellos una auténtica joya de la ingeniería moderna: el Frontón Recoletos.

Una obra maestra de la ingeniería y la arquitectura

El Frontón Recoletos se construyó en 1935 en la calle Villanueva, con fachadas también a las calles del Cid y de Recoletos. Desde las ventanas de las salas Goya, Cervantes y Barbieri de la Biblioteca Nacional podía contemplarse el edificio, aunque el ruido de los pelotaris no llegaba hasta allí.

Su diseño fue obra de dos figuras fundamentales de la arquitectura y la ingeniería españolas: el arquitecto Secundino Zuazo y el ingeniero Eduardo Torroja, célebre por sus innovadoras soluciones estructurales y por obras tan singulares como las cubiertas del Hipódromo de la Zarzuela.

El edificio estaba destinado a las modalidades de pelota vasca de remonte y pala. Para ello necesitaba una gran cancha rectangular, delimitada por dos muros frontales y otro lateral, mientras que en el lado opuesto se situaban los graderíos para el público. Todo el espacio debía quedar libre de obstáculos, de manera que los jugadores pudieran desarrollar el juego y los espectadores disfrutar de una visión despejada.

La cubierta planteaba un reto extraordinario: debía salvar una amplia superficie sin apoyos intermedios, proporcionar la altura necesaria para el juego y permitir, al mismo tiempo, una iluminación natural adecuada.

Torroja resolvió el problema con una solución tan audaz como elegante. La cubierta, que abarcaba una superficie aproximada de 55 por 32,5 metros, estaba formada por dos bóvedas cilíndricas de secciones circulares asimétricas que se cruzaban perpendicularmente. La mayor cubría la cancha y parte de las gradas, mientras que la menor protegía el graderío superior.

El resultado fue una estructura de enorme ligereza visual, innovadora para su tiempo y convertida en una referencia internacional de la ingeniería.

La luz como elemento arquitectónico

Uno de los aspectos más sorprendentes del proyecto fue el tratamiento de la iluminación natural. Para evitar que el sol deslumbrara a los jugadores, Torroja dispuso dos grandes lucernarios longitudinales orientados al norte. Estaban construidos mediante celosías de hormigón armado, formadas por elementos triangulares. Uno se situaba en la unión de las dos bóvedas, iluminando la cancha; el otro, en el apoyo lateral de la bóveda menor, proporcionaba luz a la zona destinada al público.

La cubierta no solo resolvía un complejo problema estructural: también conseguía que la luz entrara de manera controlada, sin perjudicar el desarrollo del juego.

La audacia de la solución atrajo a ingenieros y arquitectos de distintos países, interesados en estudiar tanto el cálculo de la estructura como su extraordinario sistema de iluminación. El Frontón Recoletos se convirtió así en una obra de referencia para los especialistas de la época.

Un estreno marcado por la tragedia

La construcción se realizó en un tiempo récord. El primer partido se celebró el 29 de febrero de 1936, cuando Madrid estrenaba uno de los frontones más modernos y ambiciosos de Europa.

La importancia técnica de la obra quedó reflejada también en una publicación de Eduardo Torroja sobre su construcción, reconocida en un concurso convocado en 1936 por la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Pero el destino del edificio quedó pronto ligado a uno de los episodios más trágicos de la historia de España.

Apenas cinco meses después de su inauguración, el estallido de la Guerra Civil alteró para siempre la vida de Madrid. El frontón sufrió impactos directos que perforaron su cubierta. Las vibraciones provocadas por los bombardeos ocasionaron desplazamientos y daños estructurales, con deformaciones y grietas en la bóveda. El edificio quedó afectado por los combates que asolaron la ciudad.

Los daños no se repararon adecuadamente y el deterioro continuó hasta provocar un hundimiento parcial de la cubierta.

En 1942, Eduardo Torroja elaboró un estudio sobre las causas del colapso y las intervenciones necesarias para recuperar el edificio, trabajo que fue publicado por la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Sin embargo, la reconstrucción nunca llegó a materializarse.

Finalmente, en 1973, el Frontón Recoletos fue demolido. En su lugar se levantó el bloque de viviendas de la calle Villanueva, número 2.

Hoy, de aquella obra excepcional apenas queda el recuerdo en los libros de arquitectura y en la memoria de quienes conocen la historia de Madrid. Su desaparición supuso la pérdida de un edificio que había situado a la ciudad en la vanguardia internacional de la ingeniería.

Un frontón nacido para celebrar el deporte y admirado por su arquitectura terminó desapareciendo, víctima de la guerra, del abandono y de la transformación urbana. Una joya que Madrid no supo conservar

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