El 16 de junio de 1891 se inauguraba en Madrid el Frontón Jai Alai, cuyo nombre en euskera significa «fiesta alegre», una expresión acuñada por el escritor y periodista Serafín Baroja, padre del novelista Pío Baroja. Situado en la calle Alfonso XII, junto al Retiro y la estación de Atocha, su apertura marcó el comienzo de una auténtica fiebre por la pelota vasca que durante décadas apasionó a los madrileños.
La inauguración constituyó todo un acontecimiento social. Asistió la infanta Eulalia de Borbón junto a representantes de la aristocracia y de la alta sociedad madrileña. Sobre la cancha se enfrentaron algunos de los mejores pelotaris del momento, entre ellos Juan José Gorostegui, Saturnino Echevarría, Pedro Arrecigor y Pedro Echevarría, en una jornada cuya recaudación fue destinada a fines benéficos.

El edificio, diseñado por el arquitecto Miguel Mathet y Coloma, podía albergar cerca de dos mil espectadores y contaba con una impresionante cancha de sesenta y cuatro metros de longitud. Su elegante fachada clasicista ocultaba un espacio concebido para el espectáculo y la emoción. En un principio fue un recinto descubierto, aunque en 1895 se cubrió mediante una gran estructura metálica que permitía disputar partidos nocturnos y proteger al público de la lluvia y el frío.

Madrid se rinde a la pelotamanía
El Jai Alai fue promovido por el empresario Cándido Lara y Ortal, fundador del célebre Teatro Lara, junto a su socio Manuel Chacón. Ambos pretendían trasladar a Madrid el enorme éxito que los frontones estaban cosechando en San Sebastián y otras ciudades del norte.
Lo consiguieron con creces.

La velocidad vertiginosa de la pelota en la modalidad de cesta punta fascinó a los madrileños. Pronto se desencadenó una auténtica «pelotamanía». Las gradas se llenaban de aristócratas, comerciantes, burgueses, empleados y obreros. La pelota vasca se convirtió en uno de los grandes espectáculos de masas de la capital.
Y no solo por el deporte.
Las apuestas movían cantidades enormes de dinero. Los corredores, vestidos de blanco, recorrían las gradas lanzando pequeñas pelotas huecas que contenían los boletos de las apuestas. Las cuotas cambiaban constantemente según avanzaba el partido y el ambiente era ensordecedor. El negocio resultaba tan rentable que los propios frontones obtenían beneficios de cada apuesta cruzada.
Los deportistas mejor pagados de su tiempo
Pero aquella pasión también tuvo consecuencias menos amables. La prensa comenzó a denunciar casos de ludopatía y rumores de partidos amañados. Algunos trabajadores llegaban a jugarse el salario de toda una semana. Con el paso de los años, las restricciones legales sobre las apuestas y la pérdida de confianza del público terminaron debilitando un fenómeno que parecía imparable.
Durante aquellos años dorados, los pelotaris se convirtieron en auténticas celebridades. Algunos llegaron a cobrar más que los toreros más famosos de la época.
Entre las grandes figuras destacó José Ignacio Gárate, conocido como «Chiquito de Éibar», considerado uno de los mejores jugadores de cesta punta de su tiempo. Su rivalidad con Indalecio Sarasqueta llenaba frontones y movía auténticas fortunas.

Las diferencias económicas resultaban llamativas. Mientras un obrero podía ganar entre dos y tres pesetas al día, algunos pelotaris estrella cobraban cerca de mil pesetas por un solo encuentro, además de primas, regalos y contratos exclusivos.
La fama de estos deportistas cruzó incluso el Atlántico. Muchos jugaron en Cuba, México, Argentina o Filipinas, regresando después a sus localidades de origen con importantes fortunas, convertidos casi en los «indianos» del deporte
La afición por la pelota fue tan grande que Madrid llegó a contar con varios frontones importantes. Sin embargo, el tiempo acabó llevándose la mayoría. El único gran superviviente es hoy el magnífico Frontón Beti Jai, inaugurado en 1894 y recuperado recientemente tras una larga restauración. Su conservación permite recordar aquella época en la que la pelota vasca fue uno de los espectáculos más populares de la ciudad.
Las raquetistas: pioneras del deporte femenino
La historia de los frontones madrileños tampoco puede entenderse sin las raquetistas, consideradas las primeras deportistas profesionales de España y una de las primeras generaciones de mujeres deportistas profesionales del mundo.
La modalidad fue impulsada por el empresario vasco Ildefonso Anabitarte, que adaptó el juego utilizando raquetas similares a las de tenis y pelotas sin pelo para aumentar la velocidad. Desde comienzos del siglo XX, miles de espectadores acudían diariamente a presenciar los encuentros femeninos.

Algunas de estas deportistas alcanzaron una independencia económica excepcional para la época. Compraron viviendas, ayudaron a sus familias y se convirtieron en auténticas estrellas populares. Entre todas ellas destacó María Antonia Uzcundun, considerada por muchos la mejor raquetista de la historia.
Tras la Guerra Civil, las dificultades para renovar generaciones y los cambios sociales provocaron el progresivo declive de esta modalidad. El último frontón femenino madrileño cerró sus puertas en 1980.
Hoy apenas quedan rastros de aquella locura colectiva que convirtió la pelota vasca en uno de los grandes entretenimientos de Madrid. Pero durante varias décadas el Jai Alai fue mucho más que un frontón: fue un símbolo de modernidad, de espectáculo y de una ciudad que vibraba al ritmo de una pelota capaz de alcanzar velocidades imposibles.
