9 de junio de 1996: treinta años de su fallecimiento
Hay actores que permanecen en la memoria colectiva por los personajes que interpretaron y otros que lo hacen por la simpatía que transmitían incluso cuando desaparecían de la pantalla. Rafaela Aparicio pertenece a ese reducido grupo de intérpretes capaces de despertar una sonrisa con solo recordar su rostro. Cuando se cumplen treinta años de su fallecimiento, ocurrido el 9 de junio de 1996, CallejeArteMadrid quiere rendir homenaje a una de las actrices más queridas y populares de la historia del cine español.
Nacida en Marbella en 1906, Rafaela Aparicio desarrolló una larguísima carrera artística que abarcó más de seis décadas sobre los escenarios y frente a las cámaras. Debutó en el teatro a los veintitrés años, en 1929, con la obra El conflicto de Mercedes, iniciando una trayectoria que la convertiría en una de las grandes actrices de reparto de nuestro país.
Su talento encontró pronto acomodo en la alta comedia y el sainete, géneros que supieron aprovechar su extraordinaria capacidad para provocar la risa sin necesidad de exageraciones. Autores como los hermanos Álvarez Quintero, Carlos Arniches o Jacinto Benavente contribuyeron a consolidar una carrera que la llevó a trabajar con algunas de las compañías teatrales más prestigiosas de la época. Compartió escenario con figuras como Lola Membrives o María Guerrero y, ya en plena madurez artística, alcanzó uno de sus mayores éxitos interpretando La anciana reina en el Teatro de la Comedia.

Sin embargo, fue el cine el que la convirtió en un rostro familiar para millones de españoles. Su físico menudo, su expresividad natural y una capacidad innata para transmitir ternura hicieron que los directores la eligieran con frecuencia para interpretar criadas, amas de llaves, vecinas o mujeres del pueblo. Personajes secundarios que, gracias a ella, muchas veces terminaban robando protagonismo a los principales.
Formó memorables parejas artísticas con actrices como Florinda Chico o Laly Soldevila, convirtiéndose en una presencia habitual de las comedias españolas de los años sesenta y setenta. Su influencia alcanzó además a generaciones posteriores de intérpretes cómicas, entre ellas Amparo Baró, que siempre reconoció la admiración que sentía por ella.

Entre los compañeros con los que mantuvo una relación profesional más estrecha destacó especialmente Fernando Fernán Gómez. Ambos compartían una profunda admiración mutua y protagonizaron una de las películas más singulares del cine español: El extraño viaje (1964).

La película, dirigida por el propio Fernán Gómez, sufrió los efectos de la censura franquista y una distribución muy limitada. Durante años pasó prácticamente desapercibida, pero con el tiempo se convirtió en una auténtica obra de culto. El propio director llegó a afirmar que era una película tan extraña que ni los exhibidores sabían cómo venderla al público.

La popularidad de Rafaela Aparicio llegó a tal punto que muchas personas confundían ficción y realidad. Acostumbrados a verla interpretar sirvientas y criadas, no eran pocos los que la abordaban por la calle para preguntarle si aceptaba trabajar en alguna casa o si podía recomendar a alguna empleada doméstica de confianza.
Menos conocida es su faceta como maestra. Antes de dedicarse plenamente a la interpretación estudió Magisterio y llegó a ejercer durante un breve periodo. Sin embargo, ella misma reconocía que el teatro terminaba imponiéndose incluso en las aulas. Disfrutaba organizando pequeñas representaciones con sus alumnos y convirtiendo las clases en improvisados escenarios.

Su vida personal fue mucho más discreta que su carrera artística. Formó junto al actor Erasmo Pascual una de las parejas más estables y alejadas de los focos del mundo del espectáculo español. Se conocieron en 1933 e iniciaron su relación pocos años después. Compartieron vida y profesión durante décadas, participando juntos en numerosas producciones teatrales, cinematográficas y televisivas.
Fruto de aquella unión nació su hijo, Erasmo Pascual Jr., que siguió los pasos familiares y desarrolló también una carrera como actor. Durante los años sesenta y setenta participó en numerosas producciones populares, especialmente dentro de la comedia española de la época.
La muerte de Erasmo Pascual en 1975 supuso un duro golpe para Rafaela Aparicio. Aun así, continuó trabajando durante muchos años más, demostrando una energía y una profesionalidad admirables. El público siguió acompañándola hasta el final de su carrera, consciente de que estaba ante una de esas intérpretes capaces de conectar con varias generaciones.
Cuando falleció en Madrid el 9 de junio de 1996, desaparecía una actriz excepcional, pero también una figura profundamente querida por compañeros y espectadores. Sus restos reposan junto a los de su marido en el Cementerio Sacramental de San Justo, uno de los lugares más vinculados a la memoria artística de Madrid.
Rafaela Aparicio fue mucho más que la eterna criada del cine español. Fue una actriz brillante, una trabajadora incansable y una mujer que convirtió la naturalidad en una forma de arte. Treinta años después de su desaparición, sigue ocupando un lugar privilegiado en la memoria sentimental del cine español. Basta volver a ver cualquiera de sus películas para comprender por qué su sonrisa continúa siendo tan familiar.
