Efemérides

FALLECE EN MADRID EL PINTOR IRLANDÉS FRANCIS BACON · 28 DE ABRIL DE 1992

El 28 de abril de 1992 fallecía en Madrid Francis Bacon, una de las figuras más intensas, radicales y perturbadoras del arte contemporáneo. Su muerte en la capital española cerraba la trayectoria de un artista que convirtió la pintura en un territorio de exploración de la angustia, el cuerpo y la condición humana.

Nacido en Irlanda en el seno de una familia marcada por la severidad de un padre militar, su vida quedó profundamente condicionada desde muy temprano. A los 16 años fue expulsado de casa al descubrirse su homosexualidad, un episodio traumático que dejó una huella imborrable en su carácter y en su obra.

Durante su juventud residió en el Berlín de los años veinte, donde entró en contacto con una atmósfera cultural vibrante y decadente que resultaría decisiva en su formación. Aquella experiencia, marcada por la libertad y el exceso, alimentó una sensibilidad artística que más tarde se traduciría en imágenes de gran intensidad emocional.

ENTRE LA TRADICIÓN Y LA VANGUARDIA

La obra de Bacon se nutre de referencias muy diversas. Entre ellas destacan la pintura clásica —como La matanza de los inocentes de Nicolas Poussin—, el cine de Serguéi Eisenstein, especialmente El acorazado Potemkin, y, de manera decisiva, la influencia de Pablo Picasso, cuya obra le impulsó definitivamente hacia la pintura.

En Londres comenzó trabajando como decorador de interiores, mientras desarrollaba un lenguaje pictórico propio vinculado al expresionismo. Sin embargo, su trayectoria pronto se alejaría de cualquier etiqueta cerrada.

Su tema central sería siempre la figura humana, entendida no como representación idealizada, sino como un campo de batalla donde se manifiestan la fragilidad, la violencia y la soledad.

LA NUEVA FIGURACIÓN Y EL CUERPO DESGARRADO

En los años cuarenta, mientras en Estados Unidos triunfaba el expresionismo abstracto, Bacon se consolidó en Europa como una de las figuras clave de la llamada Nueva Figuración.

Esta corriente no rechazaba lo abstracto, sino que lo integraba en una pintura profundamente visceral: figuras deformadas, espacios claustrofóbicos y una tensión constante entre forma y disolución.

Su vida personal —marcada por el alcohol, los excesos y relaciones afectivas turbulentas— alimentó directamente su obra. Los cuerpos que pintaba aparecen aislados, distorsionados, casi descompuestos, inspirados tanto en su entorno íntimo como en fuentes visuales como las cronofotografías de Eadweard Muybridge.

Su pintura provoca una reacción ambivalente: fascina y repele al mismo tiempo. La propia Margaret Thatcher llegó a describirla como “carne en descomposición”, reflejando el impacto visceral que producía en el espectador.

ESPAÑA Y LA HUELLA DE LOS GRANDES MAESTROS

España ocupó un lugar fundamental en el universo de Bacon. Admirador profundo de Diego Velázquez, visitó en numerosas ocasiones el Museo del Prado, donde encontró inspiración para su célebre serie sobre el papa Inocencio X.

Junto a Velázquez, también le influyeron poderosamente Francisco de Goya y Francisco de Zurbarán, cuya intensidad dramática y tratamiento de la figura conectaban con su propia visión trágica de la existencia.

LOS ÚLTIMOS AÑOS Y SU MUERTE EN MADRID

A pesar de su delicado estado de salud —sufría asma crónica—, Bacon viajó a España en 1992, impulsado también por su relación con el español José Capelo. En este último viaje realizó un gesto tan inesperado como generoso: regaló a su pareja dos millones de dólares y cinco de sus cuadros, un hecho que no se conoció públicamente hasta años después.

Capelo fue retratado en uno de sus últimos trípticos (1991), hoy conservado en el Museum of Modern Art.

Finalmente, Bacon falleció en una clínica madrileña tras varios años de deterioro físico. Resulta paradójico que, en sus últimos momentos, estuviera acompañado por una monja, pese a su declarado ateísmo.

UNA PINTURA ENTRE LA CRUELDAD Y LA VERDAD

La obra de Francis Bacon es brutal, incómoda y profundamente humana. En ella, el cuerpo aparece como materia vulnerable, sometida al tiempo, al dolor y a la degradación.

Y, sin embargo, en esa crudeza extrema reside también una forma radical de afirmación de la vida. Su pintura no ofrece consuelo, pero sí una verdad intensa, casi insoportable, sobre lo que significa existir.

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