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Curiosidades de Madrid: los traperos

Hasta el siglo XVI, el término trapero designaba a los mercaderes de paños, comerciantes dedicados a la venta y distribución de tejidos. Sin embargo, con el paso del tiempo, la palabra adquirió un significado muy distinto y profundamente ligado a la vida cotidiana de la ciudad: el de aquellas personas que se ganaban la vida recogiendo los trapos y desechos arrojados a la calle, que, tras ser lavados y clasificados, se reutilizaban, especialmente para la fabricación de papel, un material esencial en una sociedad cada vez más alfabetizada.

Con el crecimiento urbano y el aumento del consumo, la labor del trapero se amplió notablemente. Ya no se limitaban a recoger trapos, sino que comenzaron a hacerse cargo de todo tipo de residuos urbanos. Entre sus tareas más ingratas estaba la retirada de cadáveres de animales —caballos, mulas, perros— que aparecían en calles y caminos, y su traslado a basureros y muladares situados a las afueras de la ciudad.

Por este motivo, la Real Escuela de Veterinaria de Madrid, que necesitaba cadáveres animales para la enseñanza de Anatomía, confió esta labor a los traperos. Como única compensación, se les permitía aprovechar las pieles y ciertos despojos, siempre que, una vez utilizados, se encargaran de enterrar los restos, cumpliendo así una función sanitaria esencial en una ciudad con graves problemas de salubridad.

Un oficio regulado y vigilado

Para ejercer legalmente como trapero era imprescindible contar con una licencia oficial. Esta exigía el pago de 30 reales de vellón, acreditar la condición de cristiano viejo y demostrar que el solicitante no había sido procesado por robo, hurto o estafa, un reflejo de la desconfianza que despertaba un oficio vinculado a la basura y a los márgenes sociales.

Los traperos llegaron a organizarse en gremio y, en 1789, fundaron la Hermandad de Jesús Nazareno, con una reglamentación estricta que regulaba el acceso, las obligaciones y el comportamiento de sus miembros. Esta organización les otorgó cierta protección y reconocimiento dentro del complejo entramado laboral del Madrid del Antiguo Régimen.

Los traperos en la vida urbana de Madrid

Los traperos madrileños fueron una figura social de enorme importancia histórica. Desde el gremio regulado del siglo XVIII hasta los recolectores informales del extrarradio en el siglo XX, desempeñaron una labor fundamental: recoger desperdicios, clasificarlos minuciosamente y venderlos, permitiendo su reutilización. Antes de la municipalización de la recogida de basuras, esta actividad fue vital para la subsistencia de miles de familias pobres.

Existieron gremios de traperos, también conocidos como ropavejeros o chamarileros, regulados mediante ordenanzas y licencias desde el siglo XVIII. Recorrian Madrid con carros tirados por mulas, desplazándose desde zonas periféricas como Tetuán de la Victoria, la Ventilla u Opañel hasta el centro de la ciudad, donde recogían basura, trastos viejos, muebles inservibles y todo tipo de materiales desechados.

En descampados, corrales o solares, procedían a la clasificación cuidadosa de lo recolectado: papel, trapos, metales, huesos, vidrio… Todo tenía valor. Cada elemento se vendía por separado, generando pequeños ingresos que, sumados, permitían sobrevivir a familias enteras en condiciones extremadamente precarias.

Reflejo literario y social

La literatura no fue ajena a esta realidad. En La busca, de Pío Baroja, los traperos aparecen retratados bajo el nombre de “buscadores”, una denominación que refleja su constante rastreo entre los restos de la ciudad. Baroja describe cómo los hombres se encargaban de separar lo útil, mientras que mujeres y niños realizaban la llamada “rebusca”, recogiendo los restos menos valiosos pero imprescindibles para completar el sustento diario.

Tradicionalmente, los traperos estuvieron asociados a la miseria, a los barrios del extrarradio y a los márgenes sociales, especialmente en zonas como Peñuelas o el barrio de las Injurias. En la literatura y en el imaginario colectivo simbolizaron los bajos fondos urbanos, pero también una economía de supervivencia basada en el aprovechamiento total de los recursos.

El final de un oficio… y su legado

El oficio de trapero comenzó su declive a partir de los años setenta del siglo XX, cuando los sistemas modernos de recogida de residuos y la intervención municipal sustituyeron definitivamente estas prácticas tradicionales. Con ello desapareció una figura esencial en la historia urbana de Madrid, aunque no su legado.

Hoy, esa memoria pervive en iniciativas solidarias como Traperos de Emaús, una asociación que recoge muebles y enseres, fomentando la reutilización y el reciclaje, y que cobra por la retirada de aquellos objetos que no pueden reaprovecharse. Una labor contemporánea que, de algún modo, mantiene viva la esencia de aquellos antiguos traperos que hicieron de la basura un medio de vida y de la ciudad su territorio.

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