Fallecido un 11 de noviembre de 1882
Cuando se habla de la Primera República Española (1873–1874), pocos recuerdan a quien fue su primer presidente: Estanislao Figueras Moragas. Político íntegro, jurista brillante y republicano convencido, su nombre ha quedado relegado a pie de página en los manuales de historia, pese a haber inaugurado uno de los periodos más convulsos y fascinantes del siglo XIX español.

Los inicios de un republicano ilustrado
Nacido en Barcelona en 1819, Figueras se licenció en Derecho y comenzó su carrera como abogado en Tarragona. Pronto se adentró en la política al ingresar en el Partido Demócrata, surgido de una escisión del Partido Progresista.
Tras el asesinato de su compañero Coello en Barcelona, fue elegido diputado por Tarragona y presidió la Junta Revolucionaria durante los acontecimientos que precedieron al Bienio Progresista (1854–1856).
En 1855 fue elegido diputado a Cortes, destacando como líder de la minoría republicana. Defendía un Estado descentralizado y nuevas desamortizaciones, en oposición a los sectores conservadores y procatólicos. Su verbo elocuente y su honradez personal le granjearon respeto, incluso entre sus adversarios.

Exilio y regreso con “La Gloriosa”
Tras el fracaso del motín del Cuartel de San Gil (1866), Figueras fue encarcelado y condenado en 1867, logrando huir a Portugal. No regresó hasta el triunfo de la Revolución de Septiembre de 1868, conocida como La Gloriosa, que derrocó a Isabel II e inauguró el Sexenio Democrático.
De vuelta en España, se incorporó al Partido Federal dirigido por Francisco Pi y Margall, fundando el periódico La Igualdad, tribuna del pensamiento federalista y progresista.

El nacimiento de la Primera República
La abdicación del rey Amadeo I de Saboya, en febrero de 1873, precipitó el cambio de régimen. Las Cortes, reunidas en sesión histórica, aprobaron la instauración de la República Española por 258 votos frente a 32.
El elegido para presidirla fue Estanislao Figueras, republicano veterano, abogado de prestigio y orador brillante. Sus convicciones eran federalistas, pero —como jefe de Estado— prefirió no imponer ese modelo y dejó en manos de unas futuras Cortes Constituyentes la decisión sobre la forma definitiva del nuevo régimen.

Un presidente entre guerras y desilusiones
Figueras asumió la presidencia en un contexto crítico: España se desangraba en dos guerras simultáneas —la Tercera Guerra Carlista en el norte y la insurrección independentista de Cuba—, mientras el país sufría inestabilidad política y económica.
El 1 de junio de 1873, durante la apertura de las Cortes Constituyentes, pronunció un discurso que sonaba a despedida. Reconoció sentirse satisfecho por haber contribuido a fundar la República y anunció su intención de entregar el poder al Parlamento. Sin embargo, ante la falta de consenso entre las distintas facciones republicanas, se mantuvo como presidente en funciones.
Agotado y frustrado, el 10 de junio, Figueras dimite y huye a Francia, sin previo aviso. La historia conserva su célebre —y coloquial— frase dirigida a sus ministros:
“Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros.”
Aunque su autenticidad ha sido discutida, los historiadores coinciden en que refleja fielmente su carácter temperamental y su desesperación política.

Entre la incomprensión y el olvido
Su repentina marcha fue interpretada como una deserción. Benito Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales, lo calificó de “cobarde desertor”. La prensa republicana fue implacable: lo acusaron de abandonar al país en su hora más difícil y de provocar una crisis institucional.
Pero Figueras también fue víctima de las circunstancias: padecía una profunda depresión, agravada por la muerte reciente de su esposa y por el aislamiento político al que lo sometieron sus propios correligionarios. Él mismo justificó su dimisión como un acto de sacrificio, un modo de dejar el campo libre a Pi y Margall, su rival y sucesor.

Últimos años y legado
Con la Restauración borbónica en la figura de Alfonso XII (1874), Figueras continuó en el movimiento republicano, encabezando una de las dos ramas del Partido Federal: la de los federalistas, mientras Pi y Margall lideraba a los pactistas. En 1881, pronunció un apasionado discurso contra su antiguo aliado, reflejo de su desencanto político.
Murió al año siguiente, el 11 de noviembre de 1882, en Madrid, y fue enterrado en el Cementerio Civil, junto a otros librepensadores y republicanos.
Epílogo: la dignidad de un hombre honesto
Estanislao Figueras no fue un héroe triunfante, pero sí un hombre íntegro que creyó en la posibilidad de una España más justa y democrática. Su breve paso por la historia —entre la ilusión republicana y el desencanto político— resume las contradicciones de un país en busca de su destino.
Hoy, su nombre merece ser recordado no por su huida, sino por su intento honesto de construir un Estado sin reyes y con ciudadanos libres.
Recordar a Figueras es recordar los primeros pasos de la democracia española.
Visita el Cementerio Civil de Madrid y rinde homenaje a quien fue el primer presidente de la República, un político tan humano como olvidado.
