Callejear por la Gran Vía es recorrer la historia viva de Madrid. Al llegar a su último tramo —el que en su día se conoció como Avenida de Eduardo Dato— el paseo se vuelve especialmente revelador: aquí se concentraron algunas de las mayores dificultades técnicas, urbanísticas y económicas de toda la operación. Derribos masivos, complejas expropiaciones y la ausencia de un trazado previo con el que guiarse convirtieron este sector en un auténtico desafío.
Poco después, la historia volvió a sacudir este espacio. Durante la Guerra Civil Española, la Gran Vía fue uno de los objetivos de la artillería situada en la Casa de Campo. Los impactos fueron tan frecuentes que los madrileños comenzaron a llamarla con amarga ironía la “Avenida de los obuses” o incluso “la del quince y medio”, en alusión al calibre de los cañones.

Pero retrocedamos unos años, antes de la destrucción, cuando la ciudad aún miraba al futuro con ambición. El 7 de abril de 1930, el rey Alfonso XIII, acompañado por el general Dámaso Berenguer, inauguraba uno de los edificios más modernos y simbólicos del momento: el Palacio de la Prensa.
Obra del arquitecto Pedro Muguruza, el edificio fue concebido como sede de la Asociación de la Prensa de Madrid. Su silueta, dominada por una torre de quince plantas, lo convirtió en uno de los primeros “rascacielos” de la ciudad, un título que poco después superaría el cercano Edificio Telefónica.
Situado frente a la Plaza del Callao, en el número 46 de la Gran Vía, el Palacio de la Prensa dialoga visualmente con el icónico Edificio Capitol, aunque su lenguaje arquitectónico es muy distinto. Aquí domina el ladrillo visto y un gran arco monumental que remite a soluciones formales cercanas a las de Antonio Palacios.
Construido entre 1924 y 1928 con una inversión de ocho millones de pesetas, el edificio no solo destacaba por su altura —58 metros—, sino también por su concepción moderna y multifuncional. En su interior convivían la sede institucional, viviendas, oficinas, un cine con capacidad para casi dos mil espectadores y un elegante salón de té. Era, en definitiva, una pequeña ciudad vertical dedicada a la cultura y la comunicación.
La historia de su construcción también refleja el entusiasmo de la época. El proyecto fue aprobado en 1925 en una sesión celebrada en el desaparecido Palacio de Hielo, donde una gran maqueta permitió a los asistentes imaginar el futuro edificio. Ese mismo año, el 11 de julio, el propio Alfonso XIII colocó la primera piedra en un acto solemne: en su interior se guardó un acta junto a periódicos del día, sellando simbólicamente el nacimiento de la nueva casa de los periodistas.

Desde su inauguración, el Palacio de la Prensa se convirtió en un referente cultural. Fue sede de encuentros, redacciones y proyectos emblemáticos. Aquí ensayó La Barraca, dirigida por Federico García Lorca, y también albergó la redacción de la revista satírica La Codorniz durante décadas

La guerra transformó su función: el edificio fue utilizado como hospital de campaña. En la posguerra, acogió el taller de la pintora Delhy Tejero. Ya en tiempos más recientes, fue sede del periódico 20 Minutos y del Partido Socialista de Madrid, demostrando su continua adaptación a los cambios de la ciudad.

El Palacio de la Prensa ha sido reformado en varias ocasiones —especialmente en 1941 y 1991, cuando su cine se convirtió en multisalas— y desde 2017 cuenta con protección como Bien de Interés Patrimonial.

Hoy, al alzar la vista en este tramo de la Gran Vía, su torre sigue hablándonos de un Madrid que quiso ser moderno, cosmopolita y cultural. Un edificio que no solo fue testigo de la historia, sino también protagonista de ella.