El 10 de marzo de 1766 se redactó una Real Orden que provocaría uno de los estallidos populares más importantes del Madrid del siglo XVIII. Aquella disposición, aparentemente destinada a regular la vestimenta en la capital, terminó desencadenando el célebre Motín de Esquilache, un episodio que reflejó el choque entre el reformismo ilustrado y las costumbres profundamente arraigadas de la sociedad española.
El decreto establecía que nadie, «de cualquier calidad, condición y estado», podía usar en Madrid ni en sus alrededores la tradicional capa larga ni el sombrero redondo que permitía embozarse y ocultar el rostro. En su lugar, se ordenaba que la gente “civil” —es decir, quienes vivían de rentas, empleos o actividades consideradas honoríficas— vistiera capa corta o redingote, acompañada de peluquín o cabello propio y sombrero de tres picos.
Para los menestrales y el pueblo llano se permitía el uso de capa, pero siempre con sombrero de tres picos o con una montera autorizada. Las sanciones no eran menores: seis ducados y doce días de cárcel por la primera infracción, y el doble en caso de reincidencia.
El responsable de esta orden fue Leopoldo de Gregorio, conocido en Italia como Squillace y en España como Esquilache, ministro de confianza del rey Carlos III. Reformista convencido y de carácter decidido, retomó un antiguo proyecto procedente del reinado de Fernando VI que pretendía sustituir las capas largas y los chambergos —sombreros de ala ancha— por un atuendo más moderno, inspirado en la moda francesa.
Las razones oficiales parecían claras. Las capas largas facilitaban ocultar armas, mientras que el ala ancha del sombrero proyectaba sombra sobre el rostro, lo que dificultaba identificar a posibles delincuentes. Para los reformistas ilustrados, modificar el atuendo tradicional era también una forma de modernizar la ciudad y acercarla a los modelos europeos.
Sin embargo, la revuelta no puede explicarse únicamente por una cuestión de vestimenta. En realidad, el descontento llevaba tiempo acumulándose. Parte de la nobleza y del clero observaban con recelo la creciente influencia de ministros extranjeros y las reformas impulsadas por el nuevo monarca. Aquellas medidas amenazaban privilegios tradicionales y alteraban el equilibrio político del Antiguo Régimen.
A esta tensión política se sumaba una situación económica delicada. Una mala cosecha y la liberalización del comercio de cereales provocaron una fuerte subida de precios en productos básicos. El pan, el aceite, el carbón o el tocino se encarecían progresivamente, lo que agravaba las dificultades de las clases populares y alimentaba el malestar en la capital.
En ese contexto, la prohibición de la capa larga y del sombrero de ala ancha resultó especialmente inoportuna. La medida comenzó aplicándose a funcionarios y empleados públicos, pero pronto se percibió como una amenaza para el conjunto de la población. Los bandos oficiales fueron arrancados de las paredes y sustituidos por pasquines insultando al ministro.
Lejos de dar marcha atrás, Esquilache decidió reforzar el control del orden público movilizando tropas para apoyar a las autoridades municipales. Pero la tensión no hizo sino aumentar.
Finalmente, el Domingo de Ramos de 1766, la protesta estalló. Grupos populares procedentes del entorno de la calle Amor de Dios, cerca del Hospital de San Juan de Dios, saquearon la casa del ministro y se dirigieron hacia el Palacio Real de Madrid. Allí exigieron la revocación inmediata de la orden, la destitución del ministro y la expulsión de los extranjeros del gobierno.
El motín obligó al propio Carlos III a tomar medidas rápidas para calmar la situación. El monarca terminó destituyendo a Esquilache y enviándolo fuera de España, mientras prometía atender algunas de las demandas populares.
El episodio marcó profundamente el inicio del reinado y dejó una lección clara para la monarquía ilustrada: las reformas, por necesarias que parecieran, debían aplicarse con prudencia en una sociedad donde las tradiciones y la percepción popular seguían teniendo un enorme peso.