Hubo un tiempo en que la altura no era solo cuestión de naturaleza, sino de artesanía. Entre los siglos XV y XVIII, los chapines —también llamados chapinelas— se convirtieron en uno de los símbolos más llamativos de la moda hispana. Eran zapatos de plataforma que podían alcanzar hasta 21 centímetros y que, más allá de su función práctica, representaban estatus, poder y distinción social.

Su origen se sitúa en la España de finales del siglo XV. Algunos historiadores han apuntado a una posible raíz griega, pero su desarrollo, consolidación y proyección internacional fueron claramente hispanos. Desde la Península pasaron a Italia, donde alcanzaron especial notoriedad en Venecia, y desde allí se difundieron al resto de Europa. En el mundo colonial también dejaron huella: en la Nueva España su uso se generalizó entre criollos y mestizos, convirtiéndose en parte del paisaje urbano virreinal.
El chapín era, en esencia, una especie de chancla elevada con suela de corcho, forrada con fino cordobán. En la puntera llevaba chapas metálicas, lo que podría explicar el origen de su nombre; otra teoría sostiene que deriva del sonido “chap, chap” que producían al caminar. Se sujetaba al empeine mediante dos orejas de cuero o tela, atadas con cordones. Algunos modelos eran de punta cerrada; otros incorporaban tiras que partían del talón y se ajustaban sobre el empeine.
Aunque en sus primeras manifestaciones se asocian a mujeres mozárabes, desde el siglo XV fueron adoptados por las clases privilegiadas de la corte española. No solo elevaban físicamente a quien los llevaba, sino que estilizan la figura y proyectaban una imagen de superioridad. Por ello se decía que eran “el arte del engaño”: aumentaban la estatura y transformaban la silueta.

Su elaboración podía alcanzar niveles de auténtico lujo. Se forraban con seda, lino o pieles finas y se decoraban con bordados. Las hebillas —auténticos signos de distinción— podían ser de oro, plata o pedrería, ricamente grabadas y en armonía con el resto del atuendo. Algunos llegaron a costar hasta 700 reales, cifra considerable para la época.

Más allá del simbolismo, cumplían una función práctica evidente: proteger los pies de la humedad y evitar que los vestidos se ensuciaran en calles sin pavimentar, llenas de barro. Se usaban bajo el zapato propiamente dicho, como un chanclo protector, y aunque se asocian principalmente al vestuario femenino, también fueron utilizados por hombres.
Un detalle curioso es que hasta bien entrado el siglo XVIII persistía la horma recta, es decir, no existía diferencia entre pie derecho e izquierdo; era el uso el que moldeaba el calzado. En el cartón para tapiz La boda (1794) de Francisco de Goya se aprecia a la novia con chapines que parecen estar invertidos, un guiño a esa práctica.

Los más apreciados eran los elaborados en Valencia, conocidos como “tapi”, fabricados por el gremio de chapineros o tapineros, cuyo patrón era San Pedro Mártir. Restos hallados en la Alhambra muestran que constaban de cuatro partes: plantilla, cerco y dos orejas entreteladas y forradas. Se fabricaban con corcho, madera de aliso, metal, papel o cuero, y se adornaban con dorados, oropeles, terciopelos, bordados en hilo de oro y plata, e incluso perlas y piedras preciosas. El uso de almidón como engrudo, sin embargo, podía atraer la polilla.
Durante la Edad Media surgieron disputas entre zapateros y chapineros por competencias profesionales. Finalmente, a finales del siglo XV, se alcanzó un acuerdo: los chapineros podían fabricar chapines para hombres, pero no otros tipos de calzado donde el cuero fuese el material principal.

La moda comenzó a declinar en Valencia a finales del siglo XVII. En 1709 falleció el último maestro chapinero de aquella tradición artesanal. La influencia francesa terminó imponiéndose en la élite española del siglo XVIII, especialmente a través de la moda cortesana de Palacio de Versalles, con sus característicos tacones rojos, símbolo de distinción aristocrática.
Durante el Siglo de Oro se conocieron como “chapines de alcurnia” o “de tornillo”, generalmente forrados con pieles finas y en colores oscuros —negro, granate, verde botella— acordes con la estética sobria del barroco español. En tiempos de Goya aún se utilizaban como calzado de invierno, apreciados por su comodidad y por ese peculiar caminar deslizante que exigía aprendizaje desde la infancia.
Los chapines no fueron solo una extravagancia estética. Constituyeron una expresión material de jerarquía social, de identidad cultural y de adaptación a un entorno urbano muy distinto al actual. Elevaron cuerpos, sí, pero también marcaron una época en la historia de la moda hispánica.