Entre la calle Abada y la imponente Gran Via se esconde una vía discreta, casi anónima para quien camina deprisa por el centro de Madrid. Sin embargo, la calle de Chinchilla guarda una historia tan intensa como sorprendente, donde se mezclan poder, justicia, venganzas personales y el inconfundible ingenio del pueblo madrileño.

Tenemos constancia documental de su existencia desde el siglo XVII. Su nombre aparece en un manuscrito regalado en 1870 por Valentín Carderera a la Biblioteca Nacional, titulado Libro de los nombres y calles de Madrid sobre que se paga incómodas y tercias partes con abecedario. En él se recoge el resultado de una larga inspección fiscal que recorrió la ciudad entre 1625 y 1632. También figura en el célebre plano de Pedro de Texeira de 1656, auténtica radiografía del Madrid de los Austrias.
Pero ¿quién fue ese Chinchilla que dio nombre a la calle?

Su nombre completo era Francisco de Chinchilla, magistrado de penas, ministro del Santo Oficio y alcalde de Corte y Rastro. Hombre recto, inflexible y temido, participó en uno de los procesos más sonados del siglo XVII: el juicio contra Rodrigo Calderon, favorito caído en desgracia y marqués de Siete Iglesias. El voto de Chinchilla fue tajante: debía ser degollado.
Antes de regresar a Madrid, había ejercido como magistrado en Cerdeña, en tiempos en los que el todopoderoso Conde-Duque de Olivares dominaba la política cortesana. Cuando estalló el proceso contra Calderón, se ordenó traer a Chinchilla a Madrid para garantizar una sentencia firme. Lo que nadie sospechaba era que el magistrado aprovecharía la ocasión para ajustar cuentas. No solo votó a favor de la ejecución, sino que se opuso a que el condenado recibiera honras fúnebres antes de su entierro en el convento del Carmen Descalzo.
Aquella severidad marcó su reputación. En el Madrid barroco lo conocían simplemente como “el Chinchilla”, pronunciado con una mezcla de respeto y temor.

El magistrado compró terrenos próximos al monasterio de San Martín, mandó edificar su casa y abrió una nueva calle que pronto llevó su apellido. Pero su carácter no se limitaba a los tribunales. En una época en la que se creía que las epidemias se propagaban por los miasmas del aire, era costumbre dejar animales muertos en las calles para que los vapores pestilentes se “cebaran” en la carne putrefacta y no en las personas. Chinchilla prohibió tajantemente que se arrojaran animales muertos en su calle y propuso erradicar aquella práctica en toda la ciudad. Ordenó incluso matar a palos o con morcillas envenenadas a los perros vagabundos, que, según la tradición, huían despavoridos al oler su presencia.
Sanitariamente podía tener razón, pero no contó con el ánimo burlón del vecindario. Para fastidiarle, comenzaron a dejar perros y gatos muertos precisamente en su calle. Él respondió amenazando con durísimas penas a quien arrojara desperdicios en la vía.
Un día sorprendió a dos ancianas desplumando unas aves muertas encontradas en la calle. Las mandó detener. Entre lágrimas, las mujeres se justificaron diciendo que eran tan pobres que solo podían comer lo que hallaban muerto por calles y plazas, y que el día anterior habían comido una lechuza.
—¿Y dónde hallasteis esa lechuza? —preguntó el juez.
—En vuestro basurero, señor.
—¿Y cuál es mi basurero?
—La calle de su señoría.
Las ancianas acabaron en la cárcel.
Al día siguiente apareció una lechuza clavada en la esquina de su casa. Chinchilla decidió no retirarla. El gesto fue interpretado como una burla y el pueblo comenzó a llamar a la vía calle de la Lechuza. El apodo tuvo tanta fuerza que perduró hasta 1835, cuando oficialmente se recuperó el nombre de calle de Chinchilla.
De este personaje procede también, según la tradición, la expresión «¡Le conocen hasta los perros!», reflejo del profundo rechazo que despertó entre la gente llana. Tal fue la animadversión que, tras su muerte y entierro en el convento de San Francisco, corrió el rumor de que por las noches se oían ruidos extraños en su tumba. Los frailes, alarmados, la abrieron y, según la leyenda, le retiraron el sayal franciscano convencidos de que había sido condenado en el juicio de Dios.
Con el trazado de la Gran Vía a comienzos del siglo XX, la calle perdió algunos de sus números —el 9 y el 11 desaparecieron— cerrando así otro capítulo de su historia. Hoy es una vía breve, casi escondida entre el bullicio comercial, pero su nombre sigue recordando a aquel magistrado temido cuya severidad quedó grabada no solo en los archivos, sino también en la memoria popular de Madrid.
