Hubo un tiempo en que la elegancia se dibujaba con tinta y gouache, en que la modernidad tenía silueta estilizada y mirada sofisticada. Uno de los grandes responsables de esa estética en la España del siglo XX fue Carlos Sáenz de Tejada, un artista brillante cuya obra marcó la cultura visual de varias décadas… aunque su nombre no siempre haya ocupado el lugar que merece

Un niño cosmopolita
Nació en Tánger en 1897, en el seno de una familia culta y abierta al mundo. Su padre era vicecónsul de España y su madre, María de Lezama, procedía de una saga vinculada al periodismo y al liberalismo progresista. Aquel ambiente cosmopolita lo puso desde niño en contacto con idiomas, viajes y distintas realidades culturales. Esa mirada amplia y curiosa se convertiría después en una de las claves de su estilo.
Pronto mostró talento para el dibujo y una especial sensibilidad para captar escenas cotidianas y ambientes urbanos. En 1910 se trasladó a Madrid para continuar su formación. Allí tuvo como primer maestro al pintor Daniel Cortés, discípulo de Sorolla, cuya influencia luminosa marcó sus inicios.

Más tarde ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde fue alumno de figuras como Joaquín Sorolla y Álvarez de Sotomayor. Su formación académica fue sólida, rigurosa, clásica. Y esa base técnica le acompañaría toda su vida.
El ilustrador de la modernidad
Su carrera comenzó en revistas de gran difusión como La Esfera, Blanco y Negro o Elegancias. Allí desarrolló uno de los aspectos más reconocibles de su obra: la ilustración de moda.
Sus mujeres eran modernas, atléticas, refinadas. Encarnaban el espíritu de los años veinte y treinta: independencia, dinamismo, sofisticación. Supo traducir en imágenes el nuevo ideal femenino europeo, con líneas estilizadas y composiciones elegantes.
Instaló su estudio en la calle del Horno de la Mata, en pleno Madrid intelectual, frecuentado por figuras como Ramón Gómez de la Serna y Sonia Delaunay. Pero en 1925 un incendio destruyó el taller y gran parte de su producción. Aquella pérdida marcó un antes y un después: abandonó la pintura de caballete y se orientó definitivamente hacia la ilustración y la pintura mural.
París, escenario internacional
En 1926 se trasladó a París con su esposa, Luz Benvenuti, gracias a una beca para especializarse en pintura decorativa. Allí vivió una etapa de expansión creativa. Colaboró con editoriales y revistas de Londres, Berlín y Nueva York. Diseñó carteles y decorados para espectáculos de danza y para montajes como Carmen y el célebre Bolero de Maurice Ravel.
Su estilo combinaba academicismo, dinamismo moderno y un sentido teatral heredado en parte de su admiración por José María Sert, de quien tomó el gusto por las composiciones monumentales y la técnica de la grisalla.

Guerra, propaganda y docencia
En 1933 regresó a España. Durante la Guerra Civil fue incorporado al Servicio de Prensa y Propaganda del Ejército Nacional. Sus ilustraciones bélicas, de gran carga épica y narrativa, se convirtieron en imágenes emblemáticas de aquel periodo.

Tras la contienda desarrolló una intensa labor docente: fue profesor en la Escuela de Artes y Oficios y desde 1942 ocupó la cátedra de Pintura Mural. También impartió clases de ilustración en la Academia de San Fernando, formando a nuevas generaciones de artistas.
Realizó murales en teatros, institutos, hoteles e incluso barcos. Su actividad fue constante y prolífica. En 1947 recibió la Medalla de Oro de la Exposición Nacional de Artes Decorativas y en 1955 la Medalla de Plata de Bellas Artes.
El 17 de febrero de 1958 fue distinguido con la Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio. Apenas seis días después, el 23 de febrero, falleció en Madrid, cerrando una trayectoria intensa y compleja.
Olvido y recuperación
Tras los profundos cambios culturales de la segunda mitad del siglo XX, su figura quedó parcialmente relegada. Sin embargo, en los últimos años su obra ha sido revisada y revalorizada. Destaca la exposición organizada en 2012 por el Museo ABC, que reunió más de 300 ilustraciones para revistas como Blanco y Negro, Vogue o Harper’s Bazaar.

Hoy, Carlos Sáenz de Tejada vuelve a ocupar el lugar que le corresponde: el de un artista versátil, refinado y profundamente ligado a la cultura visual de su tiempo. Supo unir tradición académica y modernidad, épica y elegancia, historia y sofisticación.
Un creador que dibujó una época entera… con línea firme y mirada eterna.