¿Qué es un ómnibus? Una palabra hoy casi olvidada, en desuso en el castellano actual, pero que a mediados del siglo XIX designaba algo revolucionario: el primer vehículo de transporte público colectivo, el antepasado directo del autobús. Eso sí, impulsado no por motores, sino por tracción animal, lo que entonces se conocía como tracción de sangre.
El ómnibus nació en Nantes en 1823, y de allí procede su curioso nombre. Su creador fue monsieur Baudry, un antiguo militar que había instalado una fábrica de harinas a las afueras de la ciudad, equipada con maquinaria de vapor. Aprovechando el agua caliente sobrante, decidió abrir unos baños públicos y habilitó un coche para trasladar a los usuarios desde el centro de Nantes hasta las instalaciones. El negocio de los baños fracasó, pero no así el sistema de transporte: Baudry cerró los baños y mantuvo el servicio de carruajes, dando origen al ómnibus urbano.
El nombre tiene también su pequeña anécdota. En la parada central de estos vehículos se encontraba la tienda de un sombrerero apellidado Omnes. Jugando con el doble sentido de su apellido —omnes en latín significa “para todos”—, se rotuló el servicio como Omnes Ómnibus. El término acabó quedándose simplemente en ómnibus, porque, en efecto, eran carruajes pensados para todos.
Los primeros intentos en Madrid
En Madrid, la referencia más antigua de una línea de ómnibus se remonta a abril de 1843, cuando se estableció un servicio entre la Puerta de Toledo y la Puerta de Bilbao, promovido por la Compañía de Diligencias Generales de España. La iniciativa fracasó y durante años no se volvió a intentar implantar un servicio regular en la ciudad.

Sin embargo, a mediados del siglo XIX se produjo lo que podríamos llamar el “efecto ómnibus”. La prensa comenzó a llenarse de anuncios de servicios especiales que conectaban Madrid con lugares cercanos o con espacios de ocio y celebración: los baños del Manzanares, el circo, la Pradera de San Isidro, los bailes de máscaras, maniobras militares y, sobre todo, las corridas de toros.

La mayoría de estos servicios discrecionales estaban gestionados por la Compañía de Diligencias Generales de España, que tenía su despacho en la calle Alcalá nº 21 y las cocheras en la calle Huertas.
El ómnibus como transporte urbano
Pero una cosa eran los servicios ocasionales y otra muy distinta implantar un servicio urbano regular de viajeros, con líneas fijas y concesión municipal. En Madrid, esto resultó especialmente complicado. Las autorizaciones municipales se sucedían, pero muchos concesionarios incumplían las condiciones, actuaban de mala fe o resultaban ser directamente estafadores. El Ayuntamiento terminó cansándose y decidió que quien quisiera establecer un servicio debía hacerlo por su cuenta y riesgo, sin apoyo municipal.

En 1853 se puso en marcha un ómnibus de ocho asientos que conectaba el Pasaje de Murga, en la Red de San Luis, con la Fuente de Chamberí, funcionando de ocho de la mañana a ocho de la tarde. Su objetivo era facilitar la comunicación de los vecinos de aquel barrio con el centro de Madrid. Esta fue la segunda línea de ómnibus de la capital, inaugurada el 6 de noviembre de 1853.
Una de las concesiones más sonadas fue la otorgada al francés Alfonso Laforet Blanchet, que acabó convirtiéndose en un auténtico folletín judicial: resultó ser un estafador y fue condenado a cinco años de presidio y al pago de 50 francos de multa. Hubo más fracasos similares hasta que, finalmente, en diciembre de 1866, se acordó permitir que cualquier empresario pudiera establecer un servicio de ómnibus siempre que el vehículo cumpliera la normativa.
Nuevas líneas y barrios en expansión
Mientras tanto, algunos empresarios actuaron al margen de las concesiones municipales. Así surgió el servicio al barrio de Pozas, con horarios amplios, desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche, funcionando como un servicio especial, similar al de los toros o los baños del Manzanares. También existió un curioso “ómnibus escolar” que llevaba a los alumnos al Colegio de la Cruz.
Otras líneas, como las que iban a las Ventas del Espíritu Santo o a la Concepción, tenían tan poca frecuencia que difícilmente podían considerarse regulares. Más éxito tuvo el ómnibus del barrio de Salamanca, que comunicaba esta nueva zona residencial con la Puerta del Sol.
En 1871 se inauguró la primera línea de tranvía de Madrid, uniendo el barrio de Salamanca con Sol y Pozas. Al principio no afectó demasiado a los ómnibus, ya que estos eran más baratos. Sin embargo, el servicio del barrio de Salamanca terminó desapareciendo, y se subastaron públicamente 40 caballos y mulas, junto con carruajes y guarniciones.
El declive del ómnibus
Aún surgieron nuevas líneas, como la de Chamberí en 1873, conocida por sus precios económicos, la puntualidad y la comodidad de los carruajes. Pero el avance del tranvía y, más tarde, de otros sistemas de transporte fue relegando al ómnibus a un segundo plano. Las quejas vecinales por el mal servicio se hicieron habituales.
En 1878 apareció un nuevo ómnibus hacia el barrio del Monasterio, en el Paseo de la Castellana, a la altura de María de Molina, con un precio de un real. Otro servicio unía Antón Martín con Noviciado, con carruajes de dos pisos capaces de transportar hasta 24 personas. Llegaron incluso los ómnibus del sistema Ripert, vehículos de diseño más moderno que podían llevar hasta 18 pasajeros sin necesidad de carriles.

Un legado olvidado
Gracias a un convenio clave en 1857, se formalizaron seis líneas de ómnibus, sentando las bases del transporte urbano madrileño mucho antes de la creación de la EMT en 1947. El impulso inicial se debió al alcalde Carlos Marfiori, aunque fue en 1866 cuando el Ayuntamiento permitió definitivamente la libre implantación del servicio bajo reglamento.
Hoy, el ómnibus ha desaparecido de nuestras calles y de nuestro vocabulario cotidiano, pero durante décadas fue el vehículo que acercó Madrid a sus nuevos barrios, marcando el inicio de una ciudad en movimiento.