En 1839, cuando la fotografía apenas acababa de nacer, Madrid quedó inmortalizado por primera vez en una imagen que mostraba la silueta solemne del Palacio Real vista desde la Casa de Campo. No era solo un retrato arquitectónico: era un instante detenido en el tiempo, una ciudad atrapada entre la monarquía tradicional y los vientos de modernidad que comenzaban a soplar en Europa.
Por entonces, Madrid tenía unos 200.000 habitantes y era el agitado corazón político del país, una capital tan inestable como vibrante.

Una ciudad marcada por la guerra y las reformas
Entre 1833 y 1840, España se desgarraba en la Primera Guerra Carlista. De un lado, los partidarios de la joven reina Isabel II, regida por su madre María Cristina. Del otro, los defensores del infante Carlos María Isidro, hermano del difunto Fernando VII.
Madrid se mantenía firme del lado isabelino, aunque vivía en un clima continuo de rumores, conspiraciones y sobresaltos. En 1839, el general Baldomero Espartero negociaba acuerdos que buscaban poner fin al conflicto.

La ciudad bullía de liberales progresistas y moderados, hijos de la Constitución de 1837, que intentaba modernizar el país en medio de luchas internas que frenaban cualquier avance. Los cafés, como el célebre Café de Levante en la Puerta del Sol, eran foros donde las discusiones políticas se mezclaban con la vida cotidiana.

Madrid en 1839: aromas, calles y contrastes
El Madrid que aparece insinuado en aquel daguerrotipo era una mezcla de pompa aristocrática y vida popular.
El Palacio Real, epicentro de la corte, dominaba una ciudad donde los madrileños paseaban por el Paseo del Prado, compraban en la Plaza Mayor y leían panfletos políticos entre castañeras y vendedores ambulantes.
La ciudad olía al pan de las tahonas, al estiércol de los caballos, al incienso de las iglesias. Abajo del palacio, los ómnibus de tracción animal recorrían calles empedradas, mientras las luces de gas, instaladas hacía poco, anunciaban una nueva era.

La desamortización de Mendizábal también agitaba la vida madrileña: expropiación de bienes eclesiásticos, ventas apresuradas, cambios económicos profundos. Y en medio de ese clima tenso y transformador… llegó la fotografía.
El daguerrotipo: la nueva magia del siglo XIX
La imagen fue realizada utilizando la técnica del daguerrotipo, inventada ese mismo año por Louis Daguerre. Era un procedimiento fascinante: placas de cobre plateadas, vapores de yodo, revelado con mercurio, fijado con sal marina. Las exposiciones podían durar más de una hora, algo impensable con nuestras cámaras actuales.
La fotografía madrileña, sin embargo, no fue la primera tomada en España: días antes, el 10 de noviembre de 1839, ya se había realizado una vista de Barcelona. Pero la madrileña tendría un valor simbólico extraordinario.

Mariano de la Paz Graells y la elección del encuadre
La imagen fue obra de un grupo de científicos entre los que se encontraba Mariano de la Paz Graells, una figura esencial de la ciencia española del siglo XIX. Graells, nombrado en 1837 catedrático de Zoología del Real Museo de Ciencias Naturales y director del Real Jardín Botánico, tenía acceso libre a la Casa de Campo, donde realizaba estudios botánicos y zoológicos. Una autorización oficial lo confirmaba:
«Autorizamos a Mariano de la Paz Graells para que pueda entrar en la Casa de Campo para herborizar y coger insectos.»
Esa libertad de movimiento explica el encuadre elegido: una zona tranquila conocida como El Retamar, donde la cámara podía permanecer inmóvil más de media hora sin que nada perturbara el objetivo.
Años después, Graells sería nombrado director del Parque Zoológico de S.M., también en la Casa de Campo.

Un impulso para la fotografía española
La toma madrileña —patrocinada por la reina regente María Cristina— despertó interés inmediato. Fotógrafos como Claude Félix Abel Niépce de Saint-Victor comenzaron a abrir talleres para retratos y vistas urbanas.
Quince años después, otro gran fotógrafo, Charles Clifford, repetiría la imagen desde el mismo lugar pero con medios mucho más avanzados.
Lamentablemente, aquel primer daguerrotipo del Palacio Real tuvo un destino triste: fue depositado en la Facultad de Farmacia, donde acabó perdiéndose por desidia e ignorancia ya en pleno siglo XX.
Lo único que queda hoy es el eco de su existencia… y la certeza de que fue el primer instante congelado de Madrid, una ciudad suspendida entre el pasado absolutista y el porvenir liberal.
Si te apasionan estas historias, sigue descubriendo con nosotros las primeras huellas visuales de Madrid.
Me ha gustado mucho vuestra entrada sobre el primer experimento daguerrotipico de Madrid, es cierto lo que decís que la ignorancia le hizo que quedase olvidado en la Facultad de farmacia donde en la década de los ochenta del siglo XX una persona sin conocimientos de restauración intentó mejorar la imagen y la destruyó, así se perdió la primera segunda imagen española (la primera se había hecho en Barcelona) Si queréis más información en mi libro «la introducción de la fotografía en España» se cuenta en detalle. Un saludo
Bernardo Riego
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