Efemérides

INAUGURACIÓN DEL PASAJE IRIS EN MADRID. 23 DE SEPTIEMBRE DE 1847

La moda de los pasajes comerciales llegó a España a mediados del siglo XIX, sobre todo a las grandes capitales, inspirada en los elegantes modelos de París. Estos espacios, con comercios de lujo, cafés refinados y restaurantes distinguidos, fueron una auténtica novedad. Sin embargo, a pesar de los muchos pasajes que se inauguraron —como el Pasaje Matheu, el Pasaje Murga o el Pasaje Alhambra— ninguno logró perdurar, quedando hoy solo fragmentos o recuerdos de aquel esplendor. Un ejemplo es el Pasaje Murga, también conocido como Pasaje del Comercio, en la calle Montera.

Entre aquellos proyectos destacó el Pasaje Iris, que unía la calle de Alcalá con la Carrera de San Jerónimo. Se inauguró el 23 de septiembre de 1847, con acceso por Alcalá 12 (hoy nº 8) y Carrera de San Jerónimo 11 (hoy nº 7). Su creación corrió a cargo de la Compañía General del Iris, una sociedad de crédito y seguros, promovida por Felipe Fernández de Castro. El arquitecto responsable fue Juan de Urquijo.

El pasaje, de más de 208 pies de longitud, estaba dividido en tres galerías:

  • Galería de Madrid, la principal, que comunicaba Alcalá con San Jerónimo.
  • Galería de París, a la derecha, con salida a Alcalá.
  • Galería de Londres, a la izquierda, también con acceso a Alcalá.

A lo largo de sus pasillos se distribuían unas cuarenta tiendas de lujo, con mobiliario de caoba y estancias en los pisos superiores. Allí podían encontrarse desde un estanco hasta una frutería exquisita, pasando por gabinetes de lectura, cambistas, plateros, modistas, peluqueros, sastres y sombrereros.

La decoración era suntuosa: paredes y techos cubiertos con pinturas y dorados de los artistas Antonio García y Francisco Martínez Salamanca, que con 300 obreros transformaron el lugar en un auténtico espectáculo. Se instalaron colgaduras de terciopelo carmesí con galones de oro, pasamanería, borlas metálicas, espejos, arañas de gas, candelabros y un reloj de doble esfera transparente, obra de Tomás de Miguel (autor del de la Casa de Correos, antes del famoso Losada).

El pavimento variaba según las galerías: madera en la principal y mármol blanco y azul en las laterales. Los techos lucían tragaluces de cristal y bóvedas de espejos que multiplicaban la luz. Las entradas también impresionaban: tres portones de nogal con rejas hacia Alcalá, y una majestuosa puerta de hierro con remates de bronce hacia San Jerónimo.

Sin embargo, el éxito esperado nunca llegó. La compañía quebró y su director fue procesado por desfalco. El pasaje fue reconvertido en un espléndido café.

En 1848 se inauguró el Café del Iris, largo, iluminado a gas, con mesas de mármol blanco y asientos tapizados en terciopelo verde. El café con leche (de cabra) se servía ya preparado desde cocina, en vasos resistentes al calor. Aunque inicialmente acogedor, con el tiempo se transformó en un espacio de mayor renombre: el Café de Madrid.

Durante décadas, el local se convirtió en punto de encuentro intelectual. La Generación del 98 tuvo allí una de sus tertulias más famosas, dirigida por Jacinto Benavente. También acudía la escritora y feminista Concepción Arenal, que debió vestirse de hombre para asistir a clases de Derecho en la Universidad Central.

En 1866, tras la quiebra de la Sociedad del Iris, el café fue reformado por Tomás Isern: se elevaron las cubiertas de cristal hasta el segundo piso y se habilitó una sala de juegos en la planta principal. La decoración incluía techos artesonados, esculturas y pinturas de artistas como Bellver, Palmaroli y Cecilio Pla. El lugar alcanzó gran fama por sus bailes de carnaval.

Hacia finales del XIX, el nombre de Iris ya había caído en el olvido. Finalmente, entre 1904 y 1907, los edificios fueron demolidos y en su lugar el arquitecto José Urioste Velada levantó un nuevo inmueble para doña Isabel Martínez. Años después sería sede del Crédit Lyonnais y posteriormente del Banco Santander Central Hispano.

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