Ahora que disfrutamos en el Museo de Historia de Madrid de la exposición ¡Viva la Bohemia!, dedicada al Madrid literario de los bajos fondos, es buen momento para recordar que el 3 de junio de 1845 abría sus puertas uno de los cafés más emblemáticos de la capital: el Café Suizo.
Fundado por Francisco Matossi, Pedro Fanconi y Compañía, ciudadanos suizos, el nombre del establecimiento remite a su origen. El de Madrid fue el más famoso, aunque existieron otros locales con el mismo nombre en ciudades como Bilbao, Pamplona, Zaragoza o Santander. El madrileño cerró sus puertas el 16 de julio de 1919; en su solar, en la calle Alcalá, se construiría la sede del Banco Bilbao-Vizcaya.
Su ubicación era inmejorable, junto a la Puerta del Sol, epicentro social y político del Madrid del XIX. Su interior estaba decorado con veladores de mármol, banquetas tapizadas en terciopelo rojo, quinqués de gas, y tenía capacidad para unas 500 personas. En la planta baja contaba con dos mesas de billar y una elegante escalera de caracol que daba acceso a un salón con juegos de mesa (los no prohibidos, eso sí). Seis ventanales —tres a Alcalá y tres a la calle Ancha de Peligros— inundaban el local de luz.

El café ofrecía también desayunos, comidas y cenas, así como una selecta carta de bebidas: chocolate a la taza, ponches, café “Doña Mariquita”, sorbetes de sabores, quesitos helados, pasteles y los famosos bollos de leche, que pronto fueron rebautizados como “suizos” en honor a su repostero, Fanconi.
Una de sus grandes innovaciones llegó en el verano de 1855, cuando se inauguró el “Salón Blanco” para damas, un espacio exclusivo —y revolucionario para la época— que prohibía la entrada a caballeros. Aunque fue tildado de extravagante por algunos sectores conservadores, fue un rotundo éxito.
El Café Suizo fue lugar de tertulia y bohemia. Por sus veladores pasaron los hermanos Bécquer, Eusebio Blasco, Luis Rivera, Manuel Palacio, Salvador Granés. Fue sede del Casino de Madrid entre 1880 y 1891, y albergó la peña Círculo Social de La Gran Vía. También se sentaron allí Cánovas del Castillo, Pedro Antonio de Alarcón, Vicente Barrantes y Adelardo López de Ayala, entre muchos otros.

En los años 1870, su tertulia acogía a artistas como Casado del Alisal o Antonio Gisbert, y a políticos como Nicolás Salmerón o Laureano Figuerola. Incluso el Nobel Santiago Ramón y Cajal tuvo tertulia propia allí, y lo recordaría en sus Recuerdos de mi vida (1901).
Pero los tiempos cambian. El café elegante de la alta burguesía, serio y tranquilo, fue perdiendo fuerza. Los jóvenes buscaban ya otros lugares, nuevas formas de ocio. El Café Suizo cerró, pero quedó en la memoria de Madrid como un símbolo de una época de letras, ideas y tertulias.