Madrid ha sido siempre una ciudad de espectáculos. A lo largo del siglo XIX llegó a contar con más de 32 teatros dedicados a diversos géneros: ópera, zarzuela, género bufo, género ínfimo, revistas musicales y variedades. Antes del auge de la pelota vasca y el fútbol, los teatros y cafés-teatro eran el centro del entretenimiento. Hoy nos adentramos en la historia del Teatro Capellanes, un escenario que vivió grandes transformaciones hasta su desaparición.
De hospital a escenario de variedades
Ubicado en la actual calle Maestro Victoria, este teatro se levantó sobre el antiguo Hospital y Asilo de Capellanes, una institución que desde 1559 acogía a sacerdotes ancianos del Convento de las Descalzas Reales. Con la Desamortización de Mendizábal (1836), el edificio pasó por múltiples usos: juzgados, imprenta, salones de baile y, finalmente, teatro.
En 1850, la gran sala de baile conocida como Salón de Capellanes se convirtió en un popular punto de encuentro, especialmente en Carnaval. Las máscaras permitían la mezcla entre clases sociales, donde modistas y doncellas se codeaban con aristócratas y señoritos.
Tan célebres fueron estos bailes que incluso quedaron inmortalizados en una habanera madrileña:
«No me lleves a Paul, que me verá papá.
Llévame a Capellanes, que estoy segura que allí no irá.»
(El Circo Paul fue un teatro fundado en 1847 por el empresario Paul Laribeau en la calle Barquillo.)

Teatro Capellanes: del espectáculo al café-teatro
La crisis de los años 60 trajo consigo la moda del teatro por horas. El Salón de Capellanes se transformó en el Café-Teatro Capellanes, combinando actuaciones con servicio de bebidas. Aunque sus cuatro grandes columnas entorpecían la vista, la clientela disfrutaba igualmente de las funciones y del baile final.
Conocido también como Teatro Lírico, ofrecía espectáculos acompañados de música en vivo. La entrada costaba dos reales e incluía una consumición (café o helado). Las mujeres entraban gratis, lo que ayudó a popularizar el local. Aquí se presentaron los primeros bailes parisinos como el can-can, aunque con restricciones: las bailarinas estaban obligadas a usar pololos bajo las faldas. Desde los púlpitos de la Iglesia de Montserrat se lanzaban sermones contra estas danzas, advirtiendo:
«Jóvenes que estáis bailando, al infierno vais saltando.»

Incendios, reformas y nuevos nombres
Hacia 1870, el teatro ganó terreno frente al baile. Con una capacidad inicial de 400 espectadores, se amplió a 700, pero en 1873 sufrió un incendio. En 1874 reabrió como Teatro-Café del Liceo, con una espectacular decoración a cargo del escenógrafo Eduardo Montesinos.
Durante los siguientes años, el teatro cambió varias veces de nombre:
- 1875: Teatro de la Risa
- 1884: Salón Romero, inaugurado por el empresario musical Antonio Romero Andía
Este último espacio fue diseñado para conciertos y exposiciones musicales, con un lujoso interior:
Murales y frescos de Manuel Picólo
Tapices con escenas de zarzuelas y óperas
Medallones con retratos de compositores famosos

Teatro Cómico: el gran final
En 1897, la Sociedad Olimpia compró el teatro y lo transformó en el Teatro Cómico, con aforo para 800 personas. Se elevó el escenario, se amplió el espacio para la orquesta y se añadieron 26 palcos y un palco real.
Pero las columnas seguían afectando la visibilidad, lo que llevó a una reforma en 1922. Se eliminaron los frescos originales del Salón Romero y se optó por una estética más moderna: paredes en tonos marfil y oro y pasillos alfombrados.

De las tablas a los grandes almacenes
Tras una vida teatral intensa, el Teatro Cómico cerró en 1969. La piqueta derribó no solo el teatro, sino también varios edificios circundantes. En su lugar, en el número 10 de la calle Maestro Victoria, se levantó un gigante del comercio madrileño:
El Corte Inglés de Preciados
Así terminó la historia de un teatro que durante más de un siglo fue testigo de la vida cultural y nocturna de Madrid.

