Efemérides

El Legado de Doménico Scarlatti en Madrid: 23 de Julio de 1757

Madrid fue una ciudad que acogió a músicos de todos los países, atraídos por la Casa Real y una nobleza amante de la buena música. Uno de estos músicos fue el italiano Doménico Scarlatti, quien vivió en la calle Leganitos 35 y murió en este lugar el 23 de julio de 1757.

Aquí vivió el periodo más productivo de su vida, escribiendo sus mágicas sonatas, frescas y audaces, impregnadas del folclore español: fandangos, boleros, seguidillas y jotas, que escuchaba en la calle y que transmitió al mundo culto de su tiempo.

Scarlatti vino a Madrid en la corte de la futura reina consorte, Bárbara de Braganza, princesa en Portugal. Hija del rey Juan de Portugal, fue comprometida en matrimonio a los 12 años con el infante Fernando, hijo del rey de España, Felipe V, y heredero al trono. Bárbara era una niña muy culta, hablaba cuatro idiomas con fluidez y cultivó una desmesurada afición por la música, gusto inculcado por su padre.

En 1729, cruzó la frontera portuguesa de Elvas y la española de Badajoz, y nunca más volvió a ver a sus padres. De todo el equipaje que la princesa llevó a España, destacaba un clavicémbalo del que no se despegaba un hombre de unos cuarenta años, compositor y clavecinista napolitano, que había llegado a Lisboa en 1720 llamado por el rey Juan para que transmitiera sus dotes musicales a la joven Bárbara. Y con ella permaneció hasta su muerte en 1757, un año antes de la muerte de la propia reina.

Scarlatti viajó a Sevilla, la primera ciudad que visitó en España, para sanar la melancolía depresiva del rey Felipe V. Su esposa, la reina Isabel de Farnesio, contrató a músicos y cantantes, como el castrato Farinelli, para aliviar su enfermedad. Ambos realizaron numerosas colaboraciones. Desde 1733, el músico napolitano residió en Madrid, en la calle Antón Martín, desde donde pudo observar el incendio del Alcázar al año siguiente. Trabajó en el Palacio del Buen Retiro y se le impuso el hábito de Santiago en el convento de los Capuchinos del Prado el 21 de abril de 1737.

Cuando Fernando VI subió al trono tras la muerte de Felipe V en 1746, reforzó la posición del músico. Scarlatti colaboró con el Marqués de la Ensenada en algunos proyectos y fue director de teatros en Madrid y Aranjuez.

En Madrid vivió en la calle Leganitos con su primera esposa italiana, y cuando ella falleció en 1742, volvió a contraer matrimonio con una gaditana y tuvieron nueve hijos. La casa era contigua a la Casa de los Niños Cantores de la Corona, por lo que se cree que su domicilio era propiedad de la Casa Real.

Scarlatti era de Nápoles, hijo del músico de la Real Capilla del Virrey español, músico de la Capilla Vaticana y de la reina exiliada de Polonia. En 1719, a los 34 años, se trasladó a Lisboa, donde fue nombrado maestro de música de la princesa Bárbara de Braganza, compositor de la corte y director de la capilla de la Corte de Lisboa.

Durante su estancia en Portugal, compuso óperas y música religiosa, pero fue en el clavecín donde dejó su mayor legado. Ya en Madrid, trabajó como maestro de música y clavecinista de la corte española, componiendo 555 sonatas, consideradas su obra maestra. Con la llegada de Carlo Broschi, más conocido como Farinelli, se acabó su aislamiento madrileño.

En este óleo de Amigoni, con la presencia real, vemos a los dos músicos en la parte superior derecha leyendo juntos una partitura musical.

Tras casi 25 años en Madrid, el músico, con 71 años, falleció y fue enterrado en la desaparecida iglesia del convento de San Norberto, en la Plaza de los Mostenses. Desgraciadamente, cuando fue demolido el convento y la iglesia de San Norberto, sus restos desaparecieron entre los escombros. Fue uno más de los edificios que desaparecieron por orden de José Bonaparte, conocido como Pepe Plazuelas. El convento fue demolido en 1810, malogrando la reconstrucción arquitectónica concebida por Ventura Rodríguez, ya que el templo de 1611 se hallaba en estado de ruinas a mediados del siglo XVIII.

Fueron muchos los maestros italianos que se asentaron en la corte de Madrid, además de Scarlatti y Farinelli, también Luigi Boccherini, quien vivió 35 años y fue enterrado en la Basílica Pontificia de San Miguel, hasta que, en 1927, Mussolini reclamó sus restos para enterrarlos en Lucca, su ciudad natal.

Hemos hablado de sus sonatas. Scarlatti no se preocupó en exceso por renovar las formas musicales de su época. La grandeza de sus sonatas reside en su riqueza de motivos musicales. Destaca la invención rítmica y melódica y la habilidad de todas las capacidades del clavicémbalo. Sus partituras esconden terribles dificultades: cambios de mano, saltos de octavas, complicados arpegios y escalas rapidísimas.

En España, Scarlatti se impregnó de la cultura popular del país. Supo captar el percutir de las castañuelas, el sonido sordo de los tambores, el lamento amargo de los gitanos, la alegría contagiosa de las bandas del pueblo y, sobre todo, el nervio de las danzas españolas: fandangos, boleros, seguidillas y jotas. Todas sus sonatas están compuestas para clave, pero gracias a la reina Bárbara de Braganza, probó un nuevo instrumento, el pianoforte, un teclado entonces novedoso.

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