El 13 de junio de 1475 marcó el triste final de una figura clave en la historia de Castilla: Juana de Portugal, reina consorte que dejó una profunda huella en el tejido político y social de su época. Desde su nacimiento en Almada, cerca de Lisboa, hasta su fallecimiento en el Convento de San Francisco, su vida estuvo marcada por intrigas, rumores y luchas por el poder.
Hija póstuma del rey de Portugal, Eduardo I, y de la infanta de Aragón, Leonor, Juana fue criada en un ambiente de incertidumbre política. Tras la muerte de su madre, fue llevada a Castilla, donde se refugió en el Monasterio de Santo Domingo el Real en Toledo. Sin embargo, la tragedia la persiguió cuando, en 1445, su madre falleció en circunstancias sospechosas, presuntamente envenenada por conflictos familiares.
La vida de Juana dio un giro radical en 1455, cuando se casó con su primo, el rey Enrique IV de Castilla. A pesar de los rumores que rodearon su matrimonio, tardaron siete años en tener descendencia, dando a luz a Juana en 1462. Sin embargo, los problemas de fertilidad de Enrique IV alimentaron la especulación sobre la paternidad de Juana, apodada despectivamente «la Beltraneja».
La relación entre Juana y Enrique IV estuvo plagada de conflictos y desconfianza. Enrique, apodado «el Impotente», ordenó el confinamiento de Juana en el castillo de Alaejos, donde se convirtió en amante del sobrino del arzobispo, Pedro de Castilla y Fonseca, con quien tuvo dos hijos gemelos. Este escándalo alimentó aún más las intrigas en la corte castellana y socavó la legitimidad de la línea sucesoria.
Tras la muerte de Enrique IV en 1474, Juana defendió los derechos sucesorios de su hija Juana, pero fue superada por su cuñada, Isabel la Católica, en la guerra de sucesión castellana. Este conflicto marcó el fin de la influencia política de Juana y consolidó el ascenso de Isabel al trono de Castilla.

La vida de Juana de Portugal fue un reflejo de los tumultuosos tiempos en que vivió, una época de conspiraciones, ambiciones y rivalidades dinásticas. Su legado perdura como un recordatorio de los intrincados entresijos del poder en la Castilla medieval y el papel crucial que desempeñaron las mujeres en la política de la época.

