datos culturales

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DEL AIRE

Barrio de Las Águilas · Distrito de La Latina

Hoy callejeamos por el Barrio de Las Águilas, en el distrito madrileño de La Latina, un entorno que a menudo pasa desapercibido, pero que encierra ejemplos muy interesantes de la arquitectura contemporánea de la segunda mitad del siglo XX. Este barrio queda delimitado por la Avenida de los Poblados, el Parque de las Cruces, la Avenida de la Aviación y el Paseo de Extremadura, configurando un espacio urbano fruto del crecimiento acelerado de Madrid en los años del desarrollismo.

A finales de los años cincuenta y durante la década de 1960 comenzó a definirse el trazado actual del barrio. La expansión de la ciudad obligó a transformar antiguos terrenos periurbanos en nuevas áreas residenciales dotadas de servicios, equipamientos y zonas de ocio. En ese contexto nacieron barrios como Aluche o San Ignacio de Loyola, levantados en torno al antiguo Aeródromo de Cuatro Vientos, y equipados con cines, comercios y espacios comunitarios que buscaban dar respuesta a una población en constante crecimiento.

Pero junto a estas necesidades materiales, también surgió la voluntad de crear espacios para la vida espiritual. Así, en la década de 1970 se construyó la Parroquia de Nuestra Señora del Aire, obra del arquitecto Juan Aurelio Boix Serrano, realizada entre 1972 y 1977 en la calle Millán Astray.

Recientemente fallecido en 2026, Boix Serrano fue una figura discreta pero sólida dentro de la arquitectura española contemporánea. Formado en Madrid, trabajó en el estudio de Rafael Leoz hasta 1975, participando en proyectos de vivienda y en la Embajada de España en Brasilia. Ya con estudio propio, desarrolló una trayectoria caracterizada por el rigor constructivo, la claridad formal y una notable sensibilidad hacia el dibujo y la composición.

La parroquia de Nuestra Señora del Aire puede considerarse su obra más representativa. El proyecto responde a un complejo programa funcional en un solar condicionado por estrictas normativas urbanísticas —ocupación, edificabilidad y retranqueos— que obligaron a una organización precisa de los espacios.

El conjunto se articula mediante una interesante alternancia de volúmenes y vacíos, generando una arquitectura rica en matices pese a su aparente sencillez. En planta, el edificio se divide en dos grandes áreas: una zona meridional, destinada a dependencias parroquiales, viviendas y capilla; y otra septentrional, donde se sitúa la iglesia, el salón de actos y diversas salas comunitarias.

Uno de los elementos más característicos del conjunto es el uso de escaleras exteriores exentas, que conectan los distintos niveles y aportan dinamismo a las fachadas. Estas, aunque diferentes entre sí, mantienen una coherencia global que refuerza la unidad del proyecto.

El acceso al templo se realiza a través de una escalinata y una rampa que conducen a un pequeño porche, flanqueado por una de estas escaleras y por un sobrio cuerpo de campanas en hormigón visto. El interior sorprende por su espacialidad: un atrio amplio da paso a la nave, donde el altar se sitúa en el eje de acceso, rodeado por ocho columnas circulares que configuran un recorrido perimetral.

Lejos de buscar monumentalidad exterior, la iglesia se integra en el conjunto, casi oculta dentro del volumen general. La luz, cuidadosamente controlada, penetra a través de franjas horizontales y huecos puntuales, generando una atmósfera recogida y serena.

En el resto del complejo encontramos despachos, salas de reunión, biblioteca, viviendas para sacerdotes e incluso un salón de actos de planta ovoidal en el semisótano, acompañado de espacios comunitarios como un club de ancianos. Todo responde a una concepción integral de la parroquia como centro social, además de religioso.

El edificio destaca también por su inteligente comportamiento climático: se cierra al norte y se abre al sol de invierno, siempre tamizado por elementos de protección solar tipo brise-soleil, que dotan a las fachadas de una vibración cambiante según la luz del día.

Con pocos recursos formales —un volumen esencialmente prismático—, Boix Serrano logra una arquitectura de gran calidad mediante el juego de sombras, la precisión en los huecos y el cuidado en los encuentros constructivos. Un ejemplo elocuente de cómo la arquitectura del siglo XX, incluso en barrios periféricos, puede ofrecernos espacios de enorme interés y sensibilidad.

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