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El sueño del arquitecto Sáenz de Oiza: la Colonia Nuestra Señora de Lourdes, funcionalidad y armonía

Vamos a realizar un pequeño viaje en el tiempo para descubrir uno de esos lugares de Madrid que, pese a su enorme interés arquitectónico, siguen siendo relativamente desconocidos para muchos amantes del urbanismo del siglo XX: la Colonia Nuestra Señora de Lourdes, situada en el barrio del Batán, junto a la Casa de Campo.

Este conjunto residencial fue proyectado por el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza entre 1955 y 1970. Se trata de una propuesta claramente vinculada al racionalismo y al Movimiento Moderno, caracterizada por sus bloques de viviendas escalonados y por un edificio muy singular: el llamado “Colegio de los Círculos”, de formas orgánicas y experimentales.

Su concepción comparte muchas ideas con otra obra emblemática del arquitecto, la célebre Torres Blancas, donde Oiza desarrolló una arquitectura basada en volúmenes curvos, integración con el entorno y una fuerte preocupación por la dimensión social de la vivienda.

Curiosamente, mientras Torres Blancas —una torre de 23 plantas levantada en la Avenida de América— se ha convertido en un icono del brutalismo español, la colonia del Batán ha permanecido durante décadas en un discreto segundo plano, casi oculta en este barrio del suroeste madrileño.

Una ciudad pensada para las personas

La colonia fue promovida por la Obra Sindical del Hogar con el objetivo de dar respuesta a la creciente población trabajadora que comenzaba a instalarse en la periferia de Madrid durante los años cincuenta y sesenta.

El conjunto combinaba bloques lineales de cinco plantas con torres de hasta doce alturas, además de pequeños espacios comerciales y zonas ajardinadas. Pero lo realmente innovador era su planteamiento urbanístico: Oiza imaginó un barrio pensado para las personas, donde el peatón fuese el verdadero protagonista y el automóvil quedara relegado a un papel secundario.

No hay que olvidar que el Batán era entonces un territorio casi rural. El arquitecto, influido por los principios del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna y por el racionalismo italiano, quiso crear un entorno donde arquitectura y paisaje convivieran de forma natural

Arquitectura adaptada al paisaje

El terreno presentaba un fuerte desnivel, ya que los edificios se levantaron en paralelo a la antigua carretera de Extremadura, hoy Autovía A-5. Para resolver estas dificultades topográficas, el proyecto incorporó muros de contención y plataformas escalonadas que permitieron integrar las viviendas en la pendiente.

De este modo, la colonia establece una relación muy directa con el paisaje cercano de la Casa de Campo. En cierto modo, Oiza prolongó el bosque hasta las propias puertas de las viviendas, creando una transición suave entre naturaleza y ciudad.

El conjunto se organiza mediante bloques lineales escalonados y torres con planta en forma de esvástica adaptadas al terreno. El Colegio de los Círculos, construido en hormigón y formado por cilindros interconectados, anticipa formalmente algunas de las soluciones que Oiza desarrollaría después en Torres Blancas, con sus curvas y volúmenes orgánicos.

Elementos racionalistas y soluciones ingeniosas

En los edificios aún pueden observarse rasgos característicos del lenguaje racionalista del arquitecto: grandes ventanales orientados hacia el paisaje, cristaleras de vidrio armado con perfiles metálicos negros, alicatados claros de inspiración nórdica y escaleras en zigzag de un solo tramo, abiertas por uno de sus lados.

Otro elemento característico son las persianas correderas —originalmente de madera—, una solución muy vinculada a las ideas del Movimiento Moderno defendidas por arquitectos como Walter Gropius o Ignazio Gardella.

Los portales, luminosos y abiertos a la vegetación, conservan en muchos casos los descansillos revestidos con los azulejos originales color crema, en coherencia con el diseño exterior. La luz natural fue una auténtica obsesión para Oiza: cada descansillo se concibió como una pequeña ventana hacia el paisaje.

Pero más allá de la estética, el arquitecto introdujo soluciones constructivas muy ingeniosas para abaratar costes. Por ejemplo, la utilización de una única bajante para la cocina y el aseo permitía simplificar las instalaciones sin perder funcionalidad. Su filosofía podría resumirse en una idea sencilla: hacer mucho con muy pocos recursos.

Un patrimonio que necesita protección

Con el paso del tiempo, la colonia ha sufrido diversas transformaciones y modificaciones. Por ello, su conservación requiere un mayor reconocimiento institucional y normativas que protejan su valor urbanístico y arquitectónico.

Preservar este conjunto no solo significa proteger una obra importante de la arquitectura española del siglo XX, sino también mantener vivo un modelo de ciudad donde el paisaje, la vivienda y la vida cotidiana se concibieron como un todo.

Hoy algunas iniciativas ciudadanas, como la cuenta de divulgación @oizacasadecampo, trabajan para dar visibilidad a este patrimonio poco conocido que se asoma a uno de los grandes pulmones verdes de Madrid.

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