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EL ASILO DE SAN BERNARDINO (MADRID)

Hay un viejo refrán madrileño que durante décadas funcionó como advertencia moral y amenaza velada:

«Tabaco, toros, naipes y vino
llevan al hombre a San Bernardino».

No era una simple rima popular. Era toda una sentencia social. Una forma de recordar que ciertos vicios —fumar, beber, jugar y frecuentar los toros— podían arrastrar a cualquiera hacia la ruina personal. El último peldaño de esa caída era el Asilo de San Bernardino, un antiguo hospicio madrileño cuyo nombre acabó convirtiéndose en sinónimo de decadencia, marginalidad y fracaso vital.

En el imaginario colectivo, San Bernardino representaba el punto final de una vida desordenada. Fumar y beber se asociaban al ocio improductivo y a la degradación moral; el juego y los toros, al gasto excesivo, la adicción y la ruina económica. Todo ello era visto como una desviación social que apartaba al individuo de la vida “virtuosa” y lo empujaba hacia los márgenes de la ciudad… y de la sociedad.

Origen y finalidad del asilo

El Asilo de San Bernardino fue una institución benéfica de carácter municipal, fundada en 1834 por el marqués viudo de Pontejos, alcalde de Madrid en uno de los momentos más críticos de la ciudad. Su objetivo inicial era recoger a mendigos, proporcionarles sustento y enseñarles un oficio que les permitiera reinsertarse en la sociedad.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el asilo dejó de verse como una oportunidad de redención y pasó a convertirse en un símbolo de desgracia, especialmente asociado a aquellos considerados más viciosos, degenerados o incorregibles.

Ubicación y contexto histórico

El asilo se levantó extramuros de Madrid, cerca de las Huertas de Leganitos, en el antiguo camino de San Bernardino, hoy Paseo de Isaac Peral. En aquel momento, la ciudad seguía constreñida por la última cerca de Felipe IV (1629–1868), lo que provocaba un grave hacinamiento de población.

Madrid, como Villa y Corte, concentraba el poder político, la aristocracia y una burguesía en expansión. A esto se sumó una intensa inmigración rural, consecuencia directa de la pobreza generada por las desamortizaciones y reformas liberales. El resultado fue una ciudad desbordada por los problemas sociales: epidemias de cólera, barrios insalubres, pésimas condiciones laborales, prostitución, mendicidad y abandono infantil.

En este contexto, el marqués viudo de Pontejos impulsó el Asilo de San Bernardino como una solución asistencial completamente municipal, algo novedoso para la época.

El edificio del Asilo

El asilo se instaló en un antiguo convento de franciscanos descalzos de San Pedro de Alcántara, conocido popularmente como el Convento de las Batuecas, fundado en 1572 por Francisco de Garnica, contador mayor de Felipe II. El complejo contaba con una iglesia pequeña y austera.

Tras la exclaustración de 1834, el edificio fue reconvertido en asilo, con capacidad para hasta 1.000 personas, entre hombres, mujeres, ancianos y niños. El Ayuntamiento destinaba a su mantenimiento 10.400 reales semanales, y se habilitaron talleres para enseñar oficios y fomentar el trabajo como vía de regeneración.

Junto al asilo se creó el Depósito de Pobres, dependiente del mismo, donde se internaba a mendigos —tanto naturales como forasteros— sorprendidos pidiendo limosna por las calles de Madrid.

Evolución y cierre

En 1842, el Asilo de San Bernardino se fusionó con el Hospicio de San Fernando, pasando a denominarse Primera Casa de Socorro. Más adelante, ambas instituciones volvieron a separarse, dependiendo primero del Ayuntamiento y después de la Diputación.

Finalmente, en 1907, la falta de donativos y el lamentable estado del edificio provocaron su clausura definitiva. El terreno pasó a manos del duque de Granada, y los internos fueron trasladados a locales municipales de la calle Vallehermoso, hasta la construcción del Asilo, Colegio y Talleres de Nuestra Señora de la Paloma, en la calle Francos Rodríguez.

Tras la Guerra Civil, en el solar del antiguo asilo se levantaron la Residencia de Profesores Universitarios y el Pabellón de Gobierno de la Ciudad Universitaria.

Funcionamiento interno

El Asilo de San Bernardino nació como respuesta directa a una epidemia de cólera morbo, que golpeó con especial dureza a la población mendiga. Por Real Orden, el 3 de agosto de 1834 se puso en marcha la institución, y el 18 de septiembre ingresaron los primeros internos.

Su financiación procedía inicialmente del Gobierno, de limosnas, de cuestaciones en las diputaciones de barrio y de los ingresos generados por los trabajos realizados dentro del propio centro.

El escritor Mesonero Romanos, en Escenas Matritenses (1861), describió el asilo como un lugar relativamente digno, donde se proporcionaba alojamiento, ropa, comida y formación laboral según las capacidades de cada interno.

Detalló incluso el vestuario reglamentario:

  • Hombres: chaqueta y pantalón de paño con botones blancos con el nombre del asilo, tres camisas, sombrero, gorra, zapatos, pañuelos, blusón azul y cinturón.
  • Mujeres: jubón, sayas bajeras, camisas, medias, pañuelos de cuello y cabeza, delantales, enaguas y zapatos.

La alimentación consistía en sopa de pan con aceite, ajo y pimentón para el desayuno; potaje de menestra y patatas con cabezas de carnero o grasas animales para el almuerzo; y una cena similar, pero sin grasas, acompañada de un cuarterón de pan.

Valoración final

Pese a las descripciones relativamente amables de Mesonero Romanos, el Asilo de San Bernardino no dejaba de ser un lugar de reclusión forzosa, donde la libertad personal estaba severamente limitada. Existían calabozos, y los internos que incumplían las normas eran castigados.

El asilo cerró definitivamente en 1907 y fue demolido tras la Guerra Civil. Hoy no queda nada de él, salvo su recuerdo y aquel refrán que durante generaciones advirtió a los madrileños de que una vida desordenada podía acabar, irremediablemente, en San Bernardino.

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