He pasado las Navidades en Birmingham, ciudad en la que vive mi hija desde 2022. Entre paseos, visitas y reencuentros, la última parada fue el Museo de la Ciudad, reabierto hace apenas unos meses tras más de dos años cerrado por obras. No imaginaba que, entre sus salas, iba a descubrir una historia tan diminuta en tamaño como enorme en significado: Birmingham fue uno de los mayores centros productores de botones del mundo.
Aquella revelación despertó la curiosidad. ¿Cómo algo tan pequeño pudo sostener industrias, fortunas y modas durante siglos? Y, sobre todo, ¿cuándo nació la necesidad de usar botones?
Los orígenes del botón: un viaje milenario
El objeto más antiguo que podría haber sido utilizado como botón se remonta nada menos que al 7000 a. C., en el valle del Indo, en el actual Pakistán. Se trataba de una pequeña pieza de concha con un orificio central. En esa misma región se han hallado discos decorados de hueso, marfil, arcilla y piedra, que ya anticipaban un gusto por lo ornamental.

En China, el botón más antiguo documentado data del 1000 a. C.; en Europa, concretamente en los Países Bajos, se han encontrado ejemplos del 1400 a. C. Todo apunta a que el botón viajó hacia Occidente por la Ruta de la Seda, junto con otras innovaciones como el papel, llegando al Mediterráneo durante las Cruzadas, a finales del siglo XI.
En sus inicios, los botones no servían para abrochar prendas: eran mercancía comercial y elementos decorativos. Solo más tarde adquirieron una función práctica.
Botones, lujo y estatus
Con el tiempo, el botón se convirtió en un símbolo de rango social y riqueza. Fue durante el Renacimiento, gracias a la invención del ojal, cuando su uso se generalizó. Poder permitirse suficiente tela para coser botones era señal de buena posición económica.
Existieron botones de piedras preciosas y metales nobles, auténticas joyas portátiles. Muchos se encargaban a botoneros o joyeros, y luego una costurera o un sastre los cosía a la prenda. Vestirse requería ayuda, algo reservado a las clases acomodadas. Los botones tenían tanto valor que se descosían de prendas viejas para reutilizarlos y se heredaban de generación en generación.

En el siglo XVIII, el botón era un accesorio eminentemente masculino. Mientras a las mujeres se las obsequiaba con joyas, a los hombres se les regalaban botoneras con entre seis y ocho botones para casacas y chupas. Oro y plata repujados, esmaltes al fuego, nácar, carey, pasta vítrea, piedras semipreciosas o miniaturas pintadas con retratos y paisajes eran habituales. Cada botón era una declaración de estatus.
Los botones de tela, en cambio, eran obra del sastre: discos de madera o cartón forrados y bordados a juego con el traje. Un solo conjunto podía llevar entre 18 y 20 botones, de los cuales solo unos pocos eran funcionales; el resto era puro adorno y ostentación.
Regulación, supersticiones y usos ocultos
El valor del botón era tal que países como Francia llegaron a regular su peso, materiales y cantidad. Muchos museos no conservan hoy los botones originales de sus trajes históricos porque las familias los retiraban para reutilizarlos o heredarlos.
No todo fue lujo: algunos botones sirvieron para ocultar mensajes secretos, brújulas, venenos o drogas, e incluso se fundieron para fabricar balas.
Antes de su existencia, las prendas se cerraban con cordones, lazos o puntadas. El botón permitió ajustar mejor la ropa al cuerpo, mejorar la protección contra el frío y diversificar la moda.
También adornaron desde muy pronto los uniformes militares, incorporando insignias que identificaban nación, rango o unidad. Su tipología ha permitido incluso rastrear movimientos de tropas y conflictos históricos.

Un universo de formas y materiales
La variedad de botones es asombrosa: planos de dos o cuatro agujeros; de vástago, abovedados; de tachuela; de palanca; forrados de tela o cuero; de remache; de giro; botones rana de seda; presillas; gemelos para frac o esmoquin engastados con ónix, nácar o brillantes.
Los materiales también se multiplicaron: hueso, perla, madera, metal, cuero, cerámica, corozo, vidrio o tela. A partir del siglo XII se incorporaron esmaltes, oro, piedras preciosas y diamantes. Más tarde llegarían níquel, cinc, aluminio, caucho, coco, crin de caballo o cuerno.
En 1805, el danés Sanders inventó el botón automático o a presión, abaratando su coste y extendiendo su uso a la vestimenta de lacayos, cocheros y mayordomos.
Una curiosidad que aún perdura: los botones se sitúan a la derecha en la ropa masculina y a la izquierda en la femenina, probablemente porque las mujeres eran vestidas por criadas. Por convicción religiosa, los Amish no utilizan botones.
Birmingham y el botón: una identidad industrial

Birmingham fue uno de los grandes centros manufactureros de la Revolución Industrial. Ya en el siglo XVI destacaba por su producción de botones, especialmente de perla y nácar, auténticos artículos de lujo para la alta costura.
En los siglos XVIII y XIX, la ciudad dominó el mercado mundial, exportando botones a todos los continentes. La concha se importaba del Pacífico Sur, Australia, Malasia o América, y su fabricación podía implicar hasta 80 procesos distintos. La cantidad de residuos era tal que se excavaron fosas en el barrio de los joyeros para enterrarlos; hoy muchos edificios se asientan sobre antiguos cimientos de nácar.
En su apogeo, más de 8.000 personas, en su mayoría mujeres y niños, trabajaban en esta industria. Actualmente solo queda un fabricante de botones de nácar en activo.

El botón dejó incluso su huella en el folclore: encontrar un botón blanco de cuatro agujeros da buena suerte; abrochar un número par de botones se considera de mal augurio. Y la tradición de incluir botones de repuesto en prendas de calidad sigue viva.

Pequeños, brillantes, humildes o lujosos, los botones no solo cerraron prendas: abrocharon siglos de historia, industria y vida cotidiana.