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LA CALLE DEL LIMÓN Y EUGENIO NOEL

Conocer Madrid a fondo es un verdadero privilegio, y en Callejeartemadrid lo hacemos con la dedicación minuciosa de un detective literario: exploramos calles, documentos, anécdotas y vidas que han dado carácter a esta ciudad única.

Hoy nos detenemos en la calle del Limón, una vía estrecha y antiquísima situada en pleno corazón de Malasaña. Comunica la calle San Bernardino con la calle Montserrat y se ve atravesada por la Travesía del Conde Duque, la plaza de los Guardias de Corps y la calle del Cristo. Muy cerca encontramos espacios culturales de primera línea como el Centro Cultural Conde Duque, el Museo ABC y la plaza de los Guardias de Corps, presidida por el monumento a Clara Campoamor.

Esta calle humilde, de edificios viejos y balcones de forja que conservan el sabor castizo del barrio, alcanzó notoriedad gracias a Benito Pérez Galdós, quien la menciona en su novela Miau. Allí recuerda la algarabía infantil de la escuela pública que existía a principios del siglo XX:

“A las cinco de la tarde la chiquillería de la escuela pública de la calle del Limón salió atropelladamente de clase con algarabía de mil demonios”.

No fue el único personaje célebre vinculado a esta calle. Aquí nació también Perico Chicote, el mítico barman madrileño que alcanzó fama internacional gracias a sus cócteles y al ambiente cosmopolita que le rodeaba.

Pero nuestra mirada hoy se centra en otro hijo ilustre de la calle: el escritor Eugenio Noel.

Eugenio Noel: un madrileño incómodo y visionario

Nacido en 1885 —año marcado por la epidemia de cólera— Eugenio Muñoz Díaz, más tarde conocido como Eugenio Noel, vino al mundo en la barbería que su padre regentaba en la calle del Limón. Su madre, criada de la poderosa duquesa de Sevillano, logró que esta se interesara por el pequeño y sufragara parte de su educación.

Estudió con los Escolapios y desarrolló desde niño una pasión ardiente por la lectura. Ingresó en el seminario de los cartujos de Tardajos, cerca de Burgos, y después en el Seminario Conciliar de San Dámaso, aunque pronto descubrió que la vida religiosa no era su camino. Durante esta etapa vivió un romance con la cantante María Noel, quien inspiraría su seudónimo y sería musa de su novela corta Alma de santa (1909).

En 1909 se alistó como voluntario para la guerra de Melilla. Sus crónicas para el diario republicano España Nueva fueron reunidas en Notas de un voluntario. Uno de los artículos—Cómo viven un marqués y un duque en campaña—le llevó a la cárcel Modelo. A su salida conoció a Amada, la mujer que sería su gran amor.

Todavía becado por la duquesa, viajó a Malinas (Bélgica) para estudiar bajo la tutela del célebre cardenal Mercier, de quien fue discípulo. Tras su regreso asistió brevemente a clases de Derecho, pero pronto se vio de nuevo en la penuria económica.

Bohemia, cafés, tertulias y cerveza

Sin apoyo económico, Noel se integró en la bohemia republicana madrileña: pensiones humildes, tabernas, tertulias encendidas y largas melenares al viento. Frecuentó el Café de Prada (calle de Cruz Verde), el Café de la Luna, el Nuevo Levante y los círculos literarios donde brillaban Valle-Inclán o Emilio Carrere.

Su único lujo confesado era la cerveza: “enormes cantidades”, según sus contemporáneos, que consumía en las cervecerías de la plaza de Santa Ana, la calle de los Madrazo o en el Gato Negro, donde coincidía con Jacinto Benavente.

La cruzada contra el flamenquismo y los toros

Desde 1913 emprendió su célebre campaña contra los toros y el flamenquismo. No se trataba de una postura superficial: Noel conocía y apreciaba el flamenco auténtico, pero rechazaba su conversión en espectáculo comercial y degradado, apropiado por las élites y convertido en entretenimiento embrutecedor para las clases populares.

En este pensamiento coincidía con gran parte del espíritu regeneracionista heredado de Joaquín Costa, así como con sensibilidades de la Generación del 98 y del 27. Lorca y Falla, por ejemplo, organizaron el Concurso de Cante Jondo de 1922 precisamente para recuperar la raíz más profunda y digna del arte.

Sus críticas alcanzaron también a los cafés cantantes, escenarios que él consideraba decadentes, poblados de señoritos chulos, gitanos explotados y ambientes turbios.

La paradoja quiso que, a pesar de su marcada postura antitaurina, en 1912 el Gallo le brindara una faena y una oreja; Noel incluso alternó tertulias con toreros como Joselito o Belmonte. Otros aficionados, sin embargo, no fueron tan amistosos, y más de una vez tuvo que salir corriendo.

El declive y una muerte olvidada

Tras su última gira por América regresó agotado y enfermo de neumonía. Falleció el 25 de abril de 1936 en el Hospital de San Pablo de Barcelona, un centro benéfico. Murió como vivió: pobre, solo, acompañado únicamente por su mujer.

El Ayuntamiento de Madrid organizó el traslado de sus restos en tren, pero el vagón quedó abandonado en una vía muerta de Zaragoza. Por suerte fue recuperado y finalmente inhumado en el cementerio civil de Madrid.

Un escritor de genio truncado

Eugenio Noel fue un madrileño apasionado, un crítico feroz de los vicios nacionales, un prosista honesto, castizo y vibrante. Dejó obras populares —y a menudo polémicas— como Las capeas, Pan y toros, Nervios de la raza, Señoritos chulos, Fenómenos gitanos y flamencos o Piel de España.

Azorín admiró su ardor intelectual. Ramón Gómez de la Serna lo describió así:

“Pudo ser genial, nació para ser genial, pero el medio se empeñó en no dejarle… murió como inédito, sin tiempo ni sosiego para poner en fila sus ideas y sus palabras”.

Hoy, su figura permanece casi olvidada, pero su pensamiento —crítico, moderno, incómodo— sigue sorprendentemente vigente.

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