¿Sabías que la expresión “tirar de la manta”, tan habitual hoy en día para referirse a destapar un secreto, tiene un origen muy oscuro en la España medieval?

La Real Academia Española la define como “descubrir algo que se quiere mantener en secreto”, pero sus raíces se hunden en una práctica ligada al antisemitismo tras la expulsión de los judíos en 1492.

¿Qué tenía que ver una manta con todo esto?
Durante siglos, especialmente en el norte de España, era habitual colgar en algunas iglesias grandes lienzos (las “mantas”) donde se escribían los nombres y apellidos de los judíos conversos. En teoría, esos nombres eran una prueba pública de conversión voluntaria al cristianismo… aunque en la práctica servían para identificar, vigilar y delatar.
Uno de los ejemplos más célebres fue el de la Catedral de Tudela, donde llegó a haber una manta con más de 200 nombres. Estuvo colgada desde 1610 hasta mediados del siglo XIX en la capilla del Cristo del Perdón. “Tirar de la manta” significaba entonces revisar esos nombres para destapar posibles falsas conversiones, un acto que podía arruinar la vida de una familia.

Y de ahí… nuestros dos apellidos
Con tantas familias compartiendo nombres en guetos o barrios como el de Lavapiés, y con la costumbre de llamar a los primogénitos “Manuel” o “Enmanuel” (de ahí el apelativo “manolos”), surgió la necesidad de distinguirse añadiendo también el apellido materno. Por eso, en España usamos dos apellidos: una herencia directa de aquella época de sospechas y control.
Hoy, la expresión ha perdido esa connotación religiosa o étnica, pero sigue evocando el acto de sacar a la luz lo que otros preferirían mantener oculto.