Madrid ha soñado siempre con tener playa. Ya en el siglo XVII, los madrileños solían acercarse al río Manzanares, especialmente en la Casa de Campo, para refrescarse durante el verano. Hoy, el «Madrid Río» cuenta con láminas de agua con chorritos que imitan esa experiencia, aunque sigue sin ser una playa. Sin embargo, en los años 20 del siglo pasado, los veranos en Madrid trajeron una alternativa imaginativa y encantadora: la «playa» de Rosales, el lugar donde los madrileños sin posibilidad de veranear acudían para sobrellevar el calor en pleno corazón de la ciudad.

El Parque del Oeste, inaugurado como el primer parque urbano de Madrid a finales del siglo XIX, era el paseo favorito de la burguesía madrileña. Con grandes avenidas, fuentes, riachuelos y una frondosa arboleda, el parque ofrecía sombra y frescor en los días de calor. En un rincón del parque, entre la calle Marqués de Urquijo y el Paseo del Pintor Rosales, se encontraba un quiosco de música, que se convirtió en el epicentro de la llamada «playa de Rosales». El diario ABC de 1932 ya describía este lugar como el punto de encuentro para aquellos que no podían veranear fuera de Madrid.

La “playa” urbana de Madrid
Durante las noches de verano, los madrileños con algo de imaginación podían fantasear con estar en la costa. Luces decorativas iluminaban los árboles, que al agitarse por el viento emulaban el sonido de las olas, y el humo blanquecino de la cercana estación del Norte, junto con alguna sirena que se colaba en el ambiente, recordaba la salida de un trasatlántico. En el entorno, vendedores ambulantes llenaban el aire con aromas de langostinos, cangrejos y mojama, completando la ilusión de una playa junto al mar.
Los niños jugaban con cubos y palas en una arena especialmente dispuesta en el paseo, mientras las familias descansaban en las terrazas de los quioscos con una horchata o un agua de cebada. Desde ahí, observaban el paso de los tranvías llenos de luz, como si fueran barcos engalanados navegando por la «costa» madrileña.

El templete de música, joya del modernismo madrileño
La música en directo aportaba un toque especial. El templete, diseñado por el arquitecto Luis Bellido (creador del Matadero y Mercado de Ganado de Legazpi), fue inaugurado el 15 de mayo de 1923, coincidiendo con la festividad de San Isidro. De estilo modernista, contaba con una cubierta sostenida por dieciséis finas columnas de hierro agrupadas en ocho pares, creando un espacio único. Desde 1909, el maestro Villa dirigía en él a la Banda Sinfónica Municipal, que ofrecía conciertos gratuitos los domingos, deleitando a los visitantes con melodías populares y reforzando esa atmósfera festiva y veraniega.
La Banda Sinfónica mantuvo sus actuaciones en el templete hasta el estallido de la Guerra Civil. Tras el conflicto, volvió a llenar el parque con su música cada domingo hasta 1951, cuando el templete fue demolido junto con la plaza donde se situaba para permitir una mejor circulación en el Paseo de Rosales. Fue una gran pérdida para Madrid, que veía desaparecer un símbolo de aquellos veranos de los años 20.
El recuerdo de la playa de Rosales sigue vivo como un ejemplo de cómo los madrileños han sabido siempre crear sus propios espacios de ocio en la ciudad.
