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Renacimiento Brutalista: Nuestra Señora del Rosario de Filipinas en Madrid

En el número 40 de la calle Conde de Peñalver, en pleno centro de Madrid, se erige una iglesia que cautiva por su peculiar arquitectura. Es un ejemplo destacado de la corriente arquitectónica «brutalista», caracterizada por una estética un tanto sombría y tétrica. El «Brutalismo» surge en la posguerra, tras la Segunda Guerra Mundial, y se distingue por la sobriedad de los materiales utilizados, como el hormigón, el ladrillo y el metal, así como por la funcionalidad de las construcciones. Esta corriente arquitectónica surgió como una reacción a la desolación provocada por los bombardeos y la devastación de las ciudades, sin embargo, no renunciaba al cuidado de una estética severa y responsable.

La tragedia de la guerra llevó a una reflexión sobre el propósito del arte, aceptando resignadamente el fin de la belleza en su dimensión más lúdica y creativa. Se vivió un periodo de oscuridad y sobriedad, con un movimiento de rotundidad al que reconocidos arquitectos como Le Corbusier, Mies van der Rohe y Alvar Aalto otorgaron adjetivos interesantes. En España, esta corriente llegó en los años 60, en plena época franquista, especialmente en Madrid, donde el régimen comenzó a tolerar formas de vanguardia. Entre las arquitecturas brutalistas más famosas se encuentran la Pagoda de Fisac, de 1967, y las Torres Blancas de Sáenz de Oiza, de 1969, que se convirtieron en iconos de la ciudad junto a la Cibeles y la Puerta de Alcalá.

Las obras de este movimiento no se ubicaron en barrios populares ni en modelos desarrollistas, sino en zonas privilegiadas como el barrio de Salamanca, el barrio de Argüelles, la zona de Cuzco y el Campus de la Complutense. También se experimentó en obras privadas, como el chalet de Somosaguas de Javier Carvajal, escenario de la inquietante película de Carlos Saura, «La Madriguera».

La Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas y el convento de Padres Dominicos se construyeron sobre el solar resultante de la demolición de la antigua iglesia y residencia de los dominicos, fundada por la marquesa de Lalapilla y Monesterio. Con el fin de adaptar el conjunto a un programa más amplio y racionalizado, se planificó en fases.

En la primera fase se construyó la edificación religiosa que ocuparía el lugar del antiguo convento, integrando la cripta en el sótano, con el panteón de la marquesa fundadora, la capilla a nivel de superficie y sobre esta, la nueva casa dominica, todo ello distribuido en cuatro plantas.

La construcción, realizada entre 1967 y 1970 por Cecilio Sánchez-Robles y reformada por Manuel Mateo en 1989, evita una arquitectura recargada, colocando todos los elementos religiosos sobre líneas finas. Se evidencia la influencia de las obras revolucionarias de Le Corbusier, casi como un homenaje, manifestándose en la monumentalidad, rotundidad, diversidad y libertad tanto en planta como en alzado. Destaca en este conjunto la iglesia, con su presbiterio elevado e iluminado cenitalmente, su nave rectangular en pendiente para mejorar la visibilidad y cubierta en parte por una bóveda paraboloide, y el coro en alto al que se accede por una escalera ovoide. En la fachada, destaca la torre-campanario, con su cruz esculpida, cuya verticalidad contrasta con las bandas horizontales que configuran las terrazas del convento.

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